¿Qué pretende este blog?


Mi blog pretende realizar una crítica, lo más completa posible, de los principales hoteles europeos, así como proporcionar instrucciones y usos de protocolo y buenas maneras tanto a los profesionales del sector como a los huéspedes de los establecimientos. Como se observa, todo está basado en la independencia que me caracteriza, no perteneciendo a ninguna empresa relacionada con este mundo. Soy un consultor independiente. Personalmente he visitado cada uno de los locales de los que hablo en este blog.
Es mi capricho, del que llevo disfrutando varios años y quiero poner mis conocimientos y opiniones a disposición de todo aquel que quiera leerlos.
La idea surgió al no encontrar nada en la red - ni siquiera en inglés - sobre auténticas críticas de hoteles, al margen de comentarios de clientes enfadados que "cuelgan" sus quejas en distintas webs como un simple "derecho al pataleo" sin intento alguno de asesorar, construir o mejorar.
Muchas gracias por vuestra atención y colaboración.

Mostrando entradas con la etiqueta continental breakfast. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 7 de marzo de 2012

Crónica amarga de un asaltabuffets insaciable



Reconozco que da gustirrinín despertarse sin prisas y pensando que nos espera un festín en la sala de desayunos del hotel. Acostumbrado a que el despertador nos haga sangrar los oídos y desayunar de pie una miserable tostada de margarina barata junto a un café con leche medio frío; huir de la rutina nos ayuda a tomar fuerzas y recargar pilas.
Pero a veces, nos tomamos muy en serio este tema. Tanto que, sin darnos cuenta, llegamos a perder temporalmente básicas virtudes humanas que, inmersos en la rutina diaria, ni por el forro nos pasaría.

Como decía, te despiertas -de manera natural- y, después de darle los buenos días a tu pareja, pasas a afeitarte y darte una ducha relajada. Una vez aseados y bien despiertos, bajamos -o subimos- a la sala de desayunos. Ese momento suele ser de incertidumbre. Primero debes superar el obstáculo de decirle al camarero el número de tu habitación. En ese momento estás algo nervioso. En el fondo sabes que te vas a poner hasta arriba de comida, que tienes todo el tiempo del mundo pero un gusanillo no para de moverse por tu estómago. Ya en la sala, si otro camarero no te acomoda directamente en una mesa -es lo que se debe hacer-, tardas un rato en elegirla. Calculas, en cuestión de milisegundos, la bisectriz de la mesa en comparación con la distancia del mostrador principal del buffet. Haces cálculos sexagesimales de cuánto tardarás en ir y venir a por más comida. A su vez -es increíble la de cosas que tu cerebro puede hacer al mismo tiempo-, quieres una mesa donde estés lo más apartado posible para no pasar la vergüenza de que te vean treinta y dos veces levantándote a por más. En fin, logras posicionarte, expandes la servilleta encima del plato para marcar el territorio y que nadie te quite el sitio y, en silencio sepulcral -es notorio el silencio que suele haber en los buffets de desayuno de los hoteles-, vas a inspeccionar los alimentos de los que dispones. Los jugos gástricos comienzan a hacer mella. El primer mostrador, lo saltas. Sólo los imbéciles toman fruta o cereales cuando puedes comer lo que te salga; eso lo dejas a los de la tercera edad y a los niños. Pasas al principal, ese sí que merece la pena. Jamón, embutidos de toda clase, tabla de quesos, salmón ahumado con salsas que no tienes ni puñetera idea de lo que llevan. Luego te fijas en ese apartado donde están situadas las fuentes con tapadera deslizante que guardan el calor. En ellas están situadas los huevos revueltos, las salchichas, el bacon, el famoso tomate asado y los manidos champiñones. Y, acabando tu inspección, el mostrador con los dulces y tartas, innumerables, y el mostrador con los quinientos cincuenta tipos de pan.
Te pones tan nervioso que, lo primero que haces es servirte una copa de agua. Ya has hecho un viaje. No puedes ir con la copa y servirte un plato. Eso es imposible. Una vez servida el agua, vas a lo imprescindible. El zumo de naranja. Puede ser que hagas cola o no pero si no está el zumo de naranja en tu mesa, tú no comes. Otro viaje más. Luego vas a por el salmón ahumado. Te pones media Noruega en el plato y echas por encima que si salsa tártara, o lo que sea esa densidad blanquecina. Lo llevas, de nuevo, a la mesa. Otro viaje más. Te sientas y ya te empiezas a cagar en todo lo que se menea porque te falta el pan. Te levantas otra vez y vas a por el pan. Después de realizar la engorrosa acción de cortar la barra con la servilleta para no tocarlo  con la mano, lo depositas en un plato, coges dos panecillos más por si te falta y vuelves a emprender el viaje a tu puñetera mesa. Te das cuenta que los abueletes de la mesa de al lado, que han venido más tarde que tú, ya se han ido después de haber tomado yogur, nueces y un kiwi.

Antes de sentarte, te acuerdas de que no has cogido la mantequilla. Y el salmón ahumado no puedes tomarlo sin ella. Esta vez emprendes un nuevo viaje mucho más rápido. Tomas dos o tres pastillitas y enseguida estás en la mesa. Por fin, empiezas a comer. Estás algo sediento y te pimplas de un trago toda la copa de zumo de naranja. Tu acompañante te dice que tengas cuidado, que no ingieras muy rápido para que no te siente mal. Tú, que has pagado ya el desayuno -estaba incluido en el precio de la habitación-, y sabes mucho de economía, pretendes amortizar con creces tal inversión. El salmón es ingestado como si de una ballena cachalote se tratara. La salsa te la tomas a cucharadas. El pan, no lo partes con las manos. Te lo llevas directamente a la boca y, a mordiscos, lo vas comiendo. En un minuto, ya no queda nada. Tú eres feliz porque sabes que tienes a tu disposición mil productos más y que no te van a cobrar ni un duro por enviarlos a tu flamante panza.

Vuelves a emprender otro viaje a por más comida -parecido a como les sucedía a tus antepasados austrolopitecus- y esta vez vas directamente a por la tabla de quesos. Un buen pedazo de cada uno lo vas poniendo en tu plato. Como tienes algo de vergüenza, pones encima de los cuarenta y siete trozos de queso dos lonchas de mortadela para paliar el qué dirán. Regresas a tu guarida. Te sientas. Te cagas en la leche. No tienes zumo. Tráeme uno, por favor, le dices a tu acompañante. Te lo traes tú con las orejas, te responde. Te va a sentar mal tanta comida, imbécil. Como si no hubieras oído nada, te levantas, por trigésimo segunda vez a por más zumo. Traes dos, uno lo pones a tu lado y otro en el de tu acompañante. Pero no es para ella. Es para ti para cuando se te acabe y no tengas que levantarte. Además quedas de vicio, le sirves el zumo a tu acompañante, qué galán.
Has sido inteligente y antes de sentarte has ido a por más pan para el queso. Te lo pimplas en un santiamén y te bebes de un trago tu zumo, el de tu acompañante y el del niño Jesús como se descuide. Ya no tienes más hambre, estás lleno. Pero la economía es más fuerte que la anatomía. Ahora toca lo caliente. Huevos revueltos, bacon, salchichas. Todo ello acompañado de ketchup, mostaza y tabasco -por lo del toque picante-. Regresas a la mesa con el plato que va a estallar pero, como tienes experiencia, vuelves a servirte zumo de naranja -y a tu acompañante también- y coges pan. La tarea comienza a hacerse ardua. Tu acompañante ya está poniendo guasaps sin hacerte ni puñetero caso. Un pequeño sudor frío pero soportable, comienza a brotar por la frente. Acabado ese bacon frito, común en todos los hoteles del mundo, grasiento y medio frío. Esos huevos revueltos que llevan de todo menos huevo y esas salchichas -tipo frankfurt- pero chabacanas y matahambres; una vez acabado todo, limpias el estómago con dos copazos de zumo de naranja. La huerta valenciana se estremece. ¿Nos vamos ya? -dice tu acompañante-. Tenemos que pasear por la zona de los "navigli". Espera, hombre. Aún no he tomado café. Llamas al camarero para que te sirva un café con leche y te levantas otra vez por si lo puedes acompañar de algo dulce, no te vayas a quedar con hambre. Regresas con otro platazo de dulces repletos de colesterol, aún más pervertido que el de las salchichas. Tu cerebro te dice que no los ingieras pero a ese órgano no hay que hacerle caso. Hasta la guinda. Antes de partir a tu habitación, te levantas de nuevo a por agua. De hecho beber agua es lo que estaré haciendo en las próximas seis horas.

Ya en la habitación, te tienes que tumbar en la cama media hora. Tu acompañante quiere ver Milán y tu casi no puedes ni andar. Eres un as de las finanzas, has amortizado con creces tu inversión en el desayuno. Al final, medio doblado, te vas a ver la ciudad. Al salir te das cuenta de que te está entrando una acidez como si te rociaran con sulfúrico el esternón. Empiezas a arrepentirte de lo que has hecho. El zumo de naranja es un manjar pero, aunque sea totalmente natural, mezclado con ciertas sustancias, puede ser más dañino que el arsénico. Tienes sed. Vas comprando agua por todos los chinos con los que te topas. No puedes andar mucho. A la hora del almuerzo, tu acompañante tiene hambre. Tú aún tienes el Stilton y el Camembert en el gaznate. Queríais disfrutar de un libanés muy famoso y, al final, a tomar por saco. Tu acompañante malcome en una miserable cafetería un sandwich vegetal y tú un vaso de agua y un almax. Ese día -que prometía feliz para visitar Milán- ya está estropeado.

No lo volveré a hacer más, repites toda la tarde. Claro que no, no lo volverás a hacer más hasta la mañana siguiente.

sábado, 2 de abril de 2011

¿Dónde pongo el huevo?




En nuestras estancias en hoteles suele darse, a menudo, la necesidad de realizar algún tipo de comida; ya sea desayuno, almuerzo, cena o cualquier piscolabis.
Hoy en día, los hoteles no cuentan con un sólo restaurante. La mayoría ofrecen varios y he de reconocer que, algunas veces, he tenido que pensar cuál elegir; no sólo por el tipo de comida sino también por la formalidad de su etiqueta y el horario -me refiero al servicio del mismo (almuerzo o cena)- que ofrece.

Si lo que pretendemos es desayunar, lo tenemos más fácil. Siempre se habilita un salón en el hotel para este tipo de comida. Ya hablamos en su día de los diferentes tipos de desayunos de un hotel. Quiero resaltar que cualquier buen hotel, si se pide, te ofrece la posibilidad de tomar un desayuno continental no sólo en la habitación -a muchas personas nos parece farragoso tener que desayunar en pijama y slippers- sino en algún apartado de las zonas comunes del hotel. Y digo ello porque no todo el mundo quiere ponerse hasta arriba con el desayuno tipo bufé y no queremos gastar los cuarenta, cincuenta o hasta sesenta o más euros que cuesta muchas veces un desayuno. Total para una tostada y un café con leche.

Bien, entramos ahora en el maravilloso mundo del almuerzo. He contemplado en mi vida auténticas burradas de falta de clase y educación por el hecho de elegir  mal el lugar del ágape. Si nos encontramos en un hotel urbano y no queremos un almuerzo muy formal, lo tenemos claro. Debemos acudir al menos formal de los lugares que un hotel ofrece para tomar una comida rápida. Su lobby. Si queremos algo, no sólo más formal sino que nos tenga sentados más tiempo, podemos preguntar en el Concierge cuál es el restaurante o los restaurantes que el hotel indica para almorzar. Lo que no podremos hacer nunca es acudir en shorts a un restaurante que no admita indumentaria sport. Y sí es posible su viceversa. No es de recibo comer en mesa redonda bien vestida, con tie and jacket y con un señor en la mesa de al lado en manga corta y zapatillas de deporte.

Si lo que queremos es cenar, quizá lo tenemos más sencillo. Es en el "dinning room" donde podemos realizar ya una cena formal, tranquila y cuidando cierta etiqueta. Pero siempre, cualquier hotel -lógicamente con categoría-, tiene habilitados otros restaurantes con diferentes tipos de etiquetas.

Como dicen en mi tierra, "a ver donde pones el huevo"; es decir, debes decidirte por uno y actuar en consecuencia.

Para el siguiente post, hablaremos de los modales en la mesa, algo que -por desgracia- ni se tienen, ni se esperan.

lunes, 12 de abril de 2010

Los diferentes tipos de desayunos de hotel



Cuando hablamos de desayunos lo primero que se nos debe venir a la cabeza es Inglaterra. Si existe un país donde se le da importancia a esta comida es allí. Si nos referimos, por tanto, a desayunos de hoteles, es en Reino Unido donde tenemos que girar la vista y estudiar cómo lo hacen. Siguiendo nuestro razonamiento: Mejor desayuno=Inglaterra // Mejores desayunos de hoteles=Reino Unido, llegamos a la conclusión que el mejor desayuno de hotel lo encontramos en The Ritz London.

Yo no soy persona que le da mucha importancia al contenido de esta comida, sí se la doy al servicio de la misma. Me conformo con un café y un bollo dulce o una tostada y, a lo sumo, un zumo de naranja natural recién exprimida. No obstante, paso a explicar los diferentes tipos de "breakfast" que podemos elegir en un hotel.

"Continental Breakfast"

Este tipo de desayuno incluye café o té, tostadas, mantequilla, mermelada, algo de bollería y zumo de fruta. Suele ser el más económico de todos aunque, a diferencia de lo que parece no es muy usual. Puede ser utilizado cuando pedimos que nos acerquen el desayuno a la habitación. El que todos solemos conocer es el siguiente.

"Buffet Breakfast"

Lo detesto. Sé que estoy solo en esta cruzada pero no puedo ir en contra de mis principios. Sin duda es el más utilizado. Consta de productos variados situados en distintas mesas de la sala en que se sirve y uno mismo se levanta y elige lo que desea. El surtido depende del hotel, los hay tan escasos que con una pequeña mesa van servidos, otros son hectométricos llegando a perderse en el infinito. El ser humano es sorprendente pero más que nunca en el momento de realizar esta comida. Si algún psiquiatra me lee, espero que pueda sacar una nueva idea del estudio de la mente humana.
Prometo que he asistido a auténticas "guerras frías" en hoteles con desayuno buffet. Miradas insultantes por haberse servido el último huevo frito que quedaba en la bandeja, inundaciones de la mesa donde está situada la jarra del zumo de naranja por llenar más allá del borde la copa, desbordamientos de platos por falta de espacio físico en los mismos debido a la avaricia del causante, luchas fraticidas por conseguir un "croassant", colas enormes para alcanzar una salchicha; en fin situaciones poco enriquecedoras del ser humano, sobre todo porque luego los camareros reponen las bandejas y siempre -salvo en los hoteles de poca monta- hay para todos. Aún con todo, se me hace incomprensible el espacio digestivo que tienen algunos comensales siendo capaces de ingerir en esta comida lo que otros podemos tardar un día entero.

"Full English or American or A la Carta Breakfast"

Este es el tipo de desayuno que debe servir todo hotel de lujo. Aquí, suele colocarse una mesa central con algo de fruta, queso, salmón ahumado y algún otro producto exclusivo. El resto debes pedirlo al camarero. De tal forma que ello evita que te tengas que levantar constantemente como si poseyeras un resorte en el trasero. Ello también ayuda a desayunarse tranquilamente sin las "guerras frías" que hablaba en el párrafo anterior. Los camareros servirán el café o el té, las tostadas y, todo lo demás que deseemos, nos lo prepararán en cocina. Por todo, es imprescindible que el hotel cuente con un servicio muy especial mimando los pequeños detalles como retirada del plato usado, reposición de cubiertos, volver a llenar la copa de zumo, preguntar amablemente si se desea algo más. No es este el momento "pijotero" de quejarse porque el camarero no ha doblado y ha depositado nuestra servilleta encima de la mesa cuando nos hemos levantado un momento a servirnos un poco de salmón. De eso solo se quejan los cursis.

Aunque me ha costado incluirla, quiero hacer una aclaración. Si en nuestra reserva aparece que nuestro desayuno es " Full English or American Breakfast", los platos que pidamos están incluidos en el precio. Es decir, a la hora de acompañarnos a nuestra mesa, el camarero nos hará entrega de la carta de los platos disponibles con sus precios. Bien, si se es algo tacaño dejaremos de pedir un producto que nos interese por no gastar. Pues no, esos precios están puestos para las personas que no tengan el desayuno incluido en el precio de la habitación o tengan otro tipo de los que hablábamos antes. No pretendo que esto sirva para degenerar este tipo de desayuno pero creo conveniente hacerlo saber y comprobar la factura a la hora del check-out.

Por último no entiendo a esas personas que afirman que hay otro tipo de desayuno, el servido en la habitación. Yo les diría que el desayuno no cambia por servirlo en un lugar u otro. A quien le guste así que lo disfrute. Si se me permite opinar, no me atrae el desayunar en pijama o en la cama, me resulta incómodo y un tanto farragoso que, a mi juicio, le resta clase. Eso sí, entiendo perfectamente la postura contraria, sobre todo en las señoras.