¿Qué pretende este blog?


Mi blog pretende realizar una crítica, lo más completa posible, de los principales hoteles europeos, así como proporcionar instrucciones y usos de protocolo y buenas maneras tanto a los profesionales del sector como a los huéspedes de los establecimientos. Como se observa, todo está basado en la independencia que me caracteriza, no perteneciendo a ninguna empresa relacionada con este mundo. Soy un consultor independiente. Personalmente he visitado cada uno de los locales de los que hablo en este blog.
Es mi capricho, del que llevo disfrutando varios años y quiero poner mis conocimientos y opiniones a disposición de todo aquel que quiera leerlos.
La idea surgió al no encontrar nada en la red - ni siquiera en inglés - sobre auténticas críticas de hoteles, al margen de comentarios de clientes enfadados que "cuelgan" sus quejas en distintas webs como un simple "derecho al pataleo" sin intento alguno de asesorar, construir o mejorar.
Muchas gracias por vuestra atención y colaboración.

Mostrando entradas con la etiqueta comportamiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta comportamiento. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de enero de 2012

La prisa. El peor aliado de un hotel de lujo







Si tuviera que afirmar cuál es el principal defecto que puede tener un gran hotel hoy en día, no dudaría en afirmar: la prisa.
Sí, no diría ni los rusos, ni la gestión de un mal equipo de camareras de habitación, ni un director florero, ni un "front-office" salido de "funerarias Pérez", ni una relaciones públicas tímida y apocada. No. Eso puede influir, pero lo peor de todo es que al cliente de un hotel se le transmita el áurea de prisa que -hoy en día más que nunca- me encuentro en muchos buenos hoteles. Me explico.

El huésped de un gran hotel debe tener la sensación en todo momento de que se le mima y de que se le cuida, particularmente a él, independientemente de que conviva con otros 285 huéspedes más. Todos ellos -de manera individual- deben tener el mismo sentimiento de privacidad y exquisito trato.

Algunos lectores ya habrán dejado de leer este post -sobre todo si trabajan en el ramo de la hostelería- acordándose de algún pariente mío. Pero no me cabe otra que decir lo que pienso.

Y no hay mejor manera de expresar lo que uno piensa que con ejemplos.

Al realizar el check-in, el recepcionista debe transmitir sensación de serenidad dentro de la eficaz gestión que tiene que desempeñar en ese momento. Si nos hemos adelantado dos horas a la llegada prevista, no llamará por teléfono a voz en grito ni se ansiará para ver cómo puede alojarnos. Lo hará sin que el cliente se entere de lo que dice o hace, con rapidez pero sin dar sensación de que se va rápido. Si no puede conseguir la habitación, lo comunicará al cliente. Si el cliente es estúpido -algo normal hoy en día- no lo entenderá y protestará diciendo que sus maletas Louis Vuitton se enfrían y van a coger un resfriado. Él lo entenderá y nunca perderá la calma aunque -en ese momento- lo que le sale del alma es coger al Vuitton y a su puñetera tía y estampársela en la cabeza. Si el recepcionista supera este problema con mirada amable y serena, habrá ganado la batalla.

Si la zona de la piscina debe estar lista para la noche y limpia de tumbonas, los encargados no empezarán a recogerlas hasta que esté a punto o haya terminado ya el horario de uso de la piscina. No vale recoger todo y dejar las 8 tumbonas que se están usando en ese momento. Ello provoca en el cliente una sensación extraña, como de falta de trato o de que te están echando dentro del horario de uso de esa instalación.

Si el equipo de camareros del desayuno, una vez acabado el mismo, deben pasar al bar de la piscina, no estarán media hora antes de que acabe el turno de desayunos recogiendo ni apurando el paso porque no llegan para lo siguiente. Aunque haya prisa, se trata, precisamente de no dar sensación de tal.

Pero, antes de seguir, quiero aclarar. La responsabilidad de que ocurran las situaciones comentadas anteriormente, en ningún momento, son responsabilidad ni del recepcionista, ni del personal encargado de la piscina ni de nadie que no sea la dirección del hotel. Ella, precisamente, es la que debe gestionar y dirigir a su personal con las instrucciones  -¡Y medios!- adecuados para llevar a buen puerto sus tareas. Comprendo que el mozo de la piscina empiece a retirar las hamacas una hora y media antes si él sólo debe hacerlo cual costalero de Semana Santa. Es de entender que la camarera de habitaciones corra por los pasillos cual posesa si sólo ella debe realizar 25 servicios.

La dirección de un hotel no sólo debe asegurarse del correcto funcionamiento del mismo. Debe estar muy al tanto de las necesidades de su personal, liderándolo con motivación para que puedan desempeñar una tarea tan subjetiva -ya me entienden- como la de transmitir sensaciones. En este caso la de serenidad, mientras se realiza el cometido concreto indicado. Ello, aparte de otros aspectos muy importantes, se consigue con la formación continuada del personal de un hotel y con el compromiso -por parte del mismo- de la eliminación en la medida de lo posible, de los contratos basura. El hotel que gestiona con eficacia esta situación, tiene el éxito asegurado.

martes, 8 de noviembre de 2011

Los rusos de la piscina




Tengo cierta manía a las vestes de rusos que invaden nuestros hoteles durante todo el año. He aquí lo que me sucedió este verano en un hotel mientras pasaba unos días de descanso con mi acompañante y nuestro hijo. Mi acompañante es mi mujer a la que adoro y le fastidia un pie que le llame acompañante.

En el área de la piscina intentaba a toda costa que mi niño no hiciera muy a menudo lo que es consustancial a su naturaleza por genética; me refiero a gritar. En ello ponía todo mi empeño, intentando distraerlo pero no tanto que llegara a exaltarse y, por tanto, proferir el desagradable grito, no de aburrimiento o dolor sino de júbilo y diversión (que es el más agudo y llega a hacer sangrar los oídos). Pues bien, todo iba muy bien, incluso los señores ancianos del sector izquierda sonreían tenuemente como dando a entender que el niño no les estaba molestando. Yo, intelectualmente agotado por el esfuerzo, continuaba distrayéndolo para que esos señores ancianos y los obesos del fondo pudieran seguir tumbados cual féretros al aire. Pero todo empezó a cambiar cuando una familia de rusos acampó en la piscina. Llevan escrito en la frente que son rusos. Suelen viajar en familias, por no decir castas, de entre 10 y 20 personas, campan por las instalaciones del hotel como un chimpancé por los árboles sin importarles ni el señor obeso del fondo ni su puñetera madre. Los niños de las familias rusas tienen la misma educación que los monos de los que hablaba antes. Se tiran a la piscina de bomba intentando caer lo más cerca posible de tu posición, para joder, claro. Comen y beben a todas horas y en todo momento. Las señoras suelen estar todas operadas de estética, sobre todo pechos y zonas celulíticas; y utilizan un tinte de pelo tan rubio que aún hoy el Csic se pregunta por su componente químico.

Yo, que soy un gilipollas, me quedo con cara de apavado al ver cómo los padres de los niños rusos ni siquiera están mínimamente pendientes de ellos mientras que yo, estoy totalmente pegado a pespunte en todo momento a mi churumbel, intentando que no haga el más mínimo ruido. Mi acompañante  -que sí, que te quiero mucho, mi vida- que es bastante más realista, me mira con enfado como diciendo; imbécil, mira tú que no haces otra cosa que intentar que el niño no haga ruido y mira los rusos como salpican los energúmenos de ellos.

Cualquier niño de menos de 8 años y cualquier ruso (sea cual sea su edad) tienden por naturaleza a ocupar por completo la zona de la escalera de acceso o salida de la piscina. Casi tuve que pedir auxilio al socorrista para que me sacara de la misma ya que no había manera de que te dejaran subir un momento por ella. No poseo la suficiente fuerza de brazos como para poder abandonar el agua desde el borde sin escalera. Yo creo que no saben nadar y eso les da seguridad. De lo que sí estoy seguro es de su falta de educación al ocupar constantemente la zona de la escalera y, por supuesto, les importa un pimiento que el resto tengamos que utilizarla para entrar o salir del agua.

Cuando, por fin, la familia rusa salió del agua, le piden al camarero unas fuentes de fruta que comienzan a devorarla con las manos, como los gorilas. Las pepitas de algunas frutas eran escupidas groseramente al suelo y la toalla era utilizada de babero-servilleta.

Por fin, cayó la tarde y pudimos abandonar la zona de guerra y refugiarnos en la habitación del hotel.

A la hora de la cena, tuvimos la gran mala suerte de volvernos a encontrar en mesas casi contiguas. Reconozco que tengo mal fario y que el destino me los pone siempre lo más cerca posible. Todos, en una enorme mesa corrida gritaban como los indios apaches, sin importarles un bledo el resto de los comensales de las mesas restantes. El pater familia se pimplaba un puro entre plato y plato, de esos que tienen el tamaño de un pepino -era una terraza-. Una de las hijas, no tendría más de quince o diecisiete años, llevaba un escote inexistente -es decir, casi las tetas al aire-. El vino que pidieron era Vega Sicilia. Sólo los nuevos ricos piden un vino así para una cena común. Los platos, miles y miles, según llegaban a la mesa, eran retirados por los camareros. En definitiva una caricatura de orgía barata pseudoromana plagada de estupidez y chabacanería. Les aseguro que el precio del cubierto -sin ostentosidades- de ese restaurante era muy elevado. No me quiero imaginar la factura que les tuvo que llegar. Pero a ellos se la suda, sacan seis o siete billetes de quinientos y a vivir que son dos días. Bien, lo voy a dejar porque me exacerbo.

Todo ello me dio que pensar. Les aseguro algo. En mi blog he hablado varias veces sobre la mala educación de los españoles en comparación con otros europeos, sin incluir los rusos que esos están fuera de medida alguna. Pues bien, después de varias anécdotas como estas y de haber coincidido con familias españolas en los mismos lugares que me he encontrado con estos rusos, debo afirmar que los españoles somos los más educados. Matizo, los maleducados son muy maleducados pero los educados son los más educados. Aquí, todos deberíamos aprender. Bueno, todos  todos, no. Los rusos continuarán invadiéndonos y gastando su dinero a espuertas, -al menos no se resentirá nuestro sector hotelero- dinero que sinceramente, siempre me he preguntado de donde sacarán. Bueno, en el fondo, me importa un rábano, justo el mismo que les importo yo y el resto de huéspedes que coincidimos con ellos en un hotel.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Viajar con niños. Síndrome del "padre bofetada"



Era una noche lluviosa y no había nada en la tele que se pudiera ver, ni House, ni el Deluxe y el hastío comenzaba a hacer mella en mi acompañante; yo ya me encontraba inmerso en él. ¿Por qué no nos vamos este verano unos días de vacaciones a un hotel? -me dijo. Le respondí, que por supuesto, que nos hacía falta ya que el niño nos tenía confinados en nuestro lugar de residencia. Le dije, dejamos al niño con mis padres y tú y yo nos tomamos dos o tres días, como solemos hacer. No, contestó. Esta vez nos llevamos a nuestro hijo con nosotros.
Las gotas de sudor que empezaron a brotar desde mi frente por la sentencia de mi acompañante, empezaron a confundirse con las de la lluvia del exterior. ¿Estás segura de lo que dices? Tiene dos años. ¡Alfredo! -me dijo-, tiene que acostumbrarse a viajar con sus padres; en octubre nace nuestro segundo hijo y sólo te quedan dos opciones, empezar a viajar con niños o estar unos cuantos años sin salir de casa. Tus padres se quedan bien con uno pero con los dos me parece que naranjas de la China.

Esa noche, ya en la cama, tardé mucho en conciliar el sueño. He de comenzar diciendo que tengo el síndrome del "padre bofetada". Ese síndrome tiene síntomas como una intensa sudoración instantánea cuando el niño grita en la piscina de un hotel, pinchazos de estómago cuando son las tantas de la madrugada y el niño no se ha dormido, dolores agudos de cólico cuando utiliza el tenedor y la cuchara como baquetas y el plato como tambor, dolores intensos de cabeza cuando por cualquier circunstancia y en cualquier momento se pone a llorar, dolores que llegan a migraña cuando el llanto se convierte en rabieta. En fin, estos son los síntomas más conocidos de esta enfermedad que padezco que, adelanto, no es fácil de curar y cuyo tratamiento son unas pastillas 5d muy difíciles de conseguir en el mercado farmaceútico actual.

Enlazando con la exhortación de mi acompañante de la que hablaba anteriormente y, teniendo en cuenta que mi enfermedad había salido de nuevo a la luz, me puse manos a la obra para seleccionar destino y hotel. Acordamos pasar tres noches en un lugar tranquilo en el mes de julio. Yo, que tengo mucha destreza para buscar buenos hoteles, me encontré delante del ordenador sin saber qué hacer. Me venía a la mente un hotel y, automáticamente, mi imaginación volaba viéndome con mi hijo en él. Me construía la idea de ver al señor gordo y calvo de la tumbona de al lado, siendo salpicado con agua por mi hijo, al camarero del restaurante, recogiendo el tenedor del suelo y sustituyéndolo innumerables ocasiones, al huésped de la habitación contigua quejándose en recepción por el llanto; en fin, estos son otros tres síntomas más del síndrome -cada vez más extendido- del "padre bofetada", el cual padezco y sufro.

Con la ayuda de mi acompañante, que a la par, como ya saben, también es mi médico, fui superando estos primeros síntomas que se dan en la fase preparatoria de la estancia en el hotel. Las pastillas 5d -también llamadas 5f en otros países- me empezaban a hacer efecto. Lo siguiente a superar en mi ansiada cura, fue limar los criterios de selección de hotel. Piscina para niños y Kid´s Club eran dos servicios esenciales que debía tener el hotel cuando en el resto de mis viajes ni me planteaba dicho tema. Pero hete aquí, que en la mayoría de hoteles el Kid´s Club es para edades superiores al mío y todos me respondían que un progenitor o cuidador debería estar en todo momento a cargo de la criatura. Ello me resultaba altamente gilipollesco puesto para qué puñetas quiero un Kid´s Club si no es para poder descargar del cuidado del niño durante un rato de tiempo. Si tengo que estar yo presente no me hace falta. Algunos hoteles como el Sheraton Algarve o el Vila Vita Parc Resort de Portugal, tenían un club de niños donde aceptaban a edades de dos años, e incluso inferiores. No pudimos elegirlo porque el Algarve portugués dista casi 1.200 kilómetros de nuestro lugar de residencia y -eso sí- no he podido superar el principal síntoma de mi enfermedad, viajar en avión con niños. Por tanto, el coche era nuestro único vehículo posible. Lo que les digo es realmente cierto, no encontré ningún hotel de lujo de sol y playa que me admitieran a mi hijo de dos años salvo contratación de una niñera, algo de lo que mi acompañante recela pero que, sinceramente, no me parece del todo descabellado. Fue así como me olvidé de que el hotel a elegir tuviera dicho servicio.

Respecto a la piscina para niños es cierto que, sin ser del todo común, son varios los hoteles que la poseen. Pero uno ya tiene experiencia en estar en una piscina de niños con niños. Me veía doblado con los riñones hechos trizas en la piscina para niños o metido en la de mayores con él y sus manguitos y -al menos- remojado al fresco. Opté por esta última. Así que mis dos requisitos imprescindibles se fueron a tomar viento.

Con una doble dosis de 5d que me suministró mi acompañante antes de desayunar, partimos hacia S´Agaró, exactamente al Hostal de la Gavina, donde -al final- decidí pasar tres días con mi acompañante y mi hijo. No llegó a desaparecerme la ansiedad en el trayecto con tal alta dosis. Pero disfrutamos, el niño se portó como un niño, mucho mejor de lo que yo creía. Durmió a sus horas, no salpicó mucho al señor gordo de la tumbona de al lado, sólo tiró los cubiertos al suelo una vez, comió sin gritar casi nada y no recibí ninguna queja de ningún huésped ni de la dirección del hotel.

Por tanto, mi síndrome de "padre bofetada" estaba desapareciendo. Y ahora hablando en román paladino. ¿Qué significa eso del "padre bofetada"? Pues es ese tipo de padre imbécil que es un "quedabien", que se angustia por cualquier tontería de sus niños, que no vive por si molestan a los demás y que, en el fondo es un "rajao" y un tanto cobarde. Las pastillas 5d de las que hablaba son una buena bofetada -de ahí el nombre del síndrome- que te deben estampar cuando te pones de semejante estupidez (cinco dedos o cinco fingers, según el idioma -5d-).

En el otro extremo de la enfermedad se encuentra el "padre subnormal" que es ese que le importa un pimiento que sus hijos se comporten como chimpancés y hagan que la estancia del resto de huéspedes se convierta en un infierno. Pero eso ya es otra historia de la que ya hablaré algo en sucesivas entradas.

lunes, 2 de mayo de 2011

Qué es el late check-out



El "late check-out" es la dejada tarde de la habitación el día de nuestra partida del hotel, entendiendo por tarde un horario superior al previsto por el mismo para abandonar dicha habitación. En Europa, el horario de salida ronda las 12:00 horas. Salvo que la tarifa de reserva del hotel nos lo especifique, suele ser un "extra" que hay que solicitarlo y nos lo tienen que conceder.

Sólo los hoteles ruines y mezquinos -y puedo dar el nombre de varios- te cobran por un "late check-out". Una vez solicitado por el huésped en recepción del hotel, aunque es preferible que se avise de tal salida tarde en la misma reserva de la habitación, el hotel comunicará si es posible dilatar en el tiempo dicha salida y hasta qué hora; y hará todo lo posible por concederla. Si la deniegan debe ser por un motivo de peso, es decir, que otro cliente está esperando para hacer el check-in que en Europa suele ser entre las 14:00 y las 15:00 horas. Lógicamente debe haber un espacio de tiempo suficiente para que el equipo de limpieza de habitaciones la deje lista para el siguiente huésped.

El motivo para que un huésped solicite un "late check-out" también debe ser de peso. No es un motivo el "aprovechar al máximo lo que hemos pagado" o lo que es peor " a mí, que me echen", o cualquier otra estupidez maleducada. Son motivos a tener en cuenta la salida del vuelo de vuelta, o un retraso del mismo, o una boda la noche anterior. Los huéspedes que indiscriminadamente piden este servicio sin ton ni son,  son unos groseros sin nada de clase que mejor estarían en su casa.

Si se solicita y el hotel haciendo todo lo posible,  no puede conceder dicha petición, no pasa nada. Se acepta la situación y se pide que las maletas queden en consigna hasta nuestra partida; eso no nos lo negará ni un hotel de tercera.

Si se solicita a última hora, lo lógico será que nos manden a freir espárragos. Hay que prever dicha situación.

Puede suceder que nos lo concedan pero hasta una hora determinada, por ejemplo, las dos o tres de la tarde. Si ello sucediera, con antelación y sin llegar a ser tan zafios de apurar hasta el último segundo, respetaremos absolutamente la indicación proporcionada en recepción. De tal forma que un cuarto de hora o media hora antes de lo indicado, ya estaremos en el mostrador finiquitando nuestra estancia. Sólo un auténtico grosero haría oídos sordos a esta directriz. En mi opinión, no hay momento más embarazoso para un huésped de hotel que te tengan que llamar a la habitación para decirte que te vayas; eso es de chabacanos.

Por último, si nos conceden un "late check-out" -no nos engañemos, en los buenos hoteles a los buenos clientes será lo habitual-, deberemos agradecerlo en recepción de una manera expresa y si colgamos nuestra náusea existencial como hago yo en este blog o en otros, es muy recomendable reflejar dicha ampliación.

Para completar información, si lo desean, pueden leer la entrada ¿Qué es el "early check-in"?

sábado, 2 de abril de 2011

¿Dónde pongo el huevo?




En nuestras estancias en hoteles suele darse, a menudo, la necesidad de realizar algún tipo de comida; ya sea desayuno, almuerzo, cena o cualquier piscolabis.
Hoy en día, los hoteles no cuentan con un sólo restaurante. La mayoría ofrecen varios y he de reconocer que, algunas veces, he tenido que pensar cuál elegir; no sólo por el tipo de comida sino también por la formalidad de su etiqueta y el horario -me refiero al servicio del mismo (almuerzo o cena)- que ofrece.

Si lo que pretendemos es desayunar, lo tenemos más fácil. Siempre se habilita un salón en el hotel para este tipo de comida. Ya hablamos en su día de los diferentes tipos de desayunos de un hotel. Quiero resaltar que cualquier buen hotel, si se pide, te ofrece la posibilidad de tomar un desayuno continental no sólo en la habitación -a muchas personas nos parece farragoso tener que desayunar en pijama y slippers- sino en algún apartado de las zonas comunes del hotel. Y digo ello porque no todo el mundo quiere ponerse hasta arriba con el desayuno tipo bufé y no queremos gastar los cuarenta, cincuenta o hasta sesenta o más euros que cuesta muchas veces un desayuno. Total para una tostada y un café con leche.

Bien, entramos ahora en el maravilloso mundo del almuerzo. He contemplado en mi vida auténticas burradas de falta de clase y educación por el hecho de elegir  mal el lugar del ágape. Si nos encontramos en un hotel urbano y no queremos un almuerzo muy formal, lo tenemos claro. Debemos acudir al menos formal de los lugares que un hotel ofrece para tomar una comida rápida. Su lobby. Si queremos algo, no sólo más formal sino que nos tenga sentados más tiempo, podemos preguntar en el Concierge cuál es el restaurante o los restaurantes que el hotel indica para almorzar. Lo que no podremos hacer nunca es acudir en shorts a un restaurante que no admita indumentaria sport. Y sí es posible su viceversa. No es de recibo comer en mesa redonda bien vestida, con tie and jacket y con un señor en la mesa de al lado en manga corta y zapatillas de deporte.

Si lo que queremos es cenar, quizá lo tenemos más sencillo. Es en el "dinning room" donde podemos realizar ya una cena formal, tranquila y cuidando cierta etiqueta. Pero siempre, cualquier hotel -lógicamente con categoría-, tiene habilitados otros restaurantes con diferentes tipos de etiquetas.

Como dicen en mi tierra, "a ver donde pones el huevo"; es decir, debes decidirte por uno y actuar en consecuencia.

Para el siguiente post, hablaremos de los modales en la mesa, algo que -por desgracia- ni se tienen, ni se esperan.

martes, 15 de febrero de 2011

"El hotel sólo lo uso para dormir"; síndrome del turista culoinquieto

Es, probablemente, la frase que más veces he oído a conocidos, parientes y amigos a la hora de hablar de hoteles.  Al final, siempre acaba la conversación con un "El hotel sólo lo uso para dormir".
Pues no, rotundamente no. Salvo que se sea un insaciable mochilero universitario o un corral de solteras empedernidas despidiendo de la misma a una amiga, o -como dicen los cursis- un "single" viajando por el sudeste de la India, el hotel se usa para algunas cosas más que dormir. Se usa para descansar, para relajarse, para tener detalles con tu pareja, para refugiarse de la lluvia o la nieve o el calor intenso en caso de que nos visite durante nuestro viaje, para divertirse, para recrearse, para alimentarse, para asearse.

Lo siento pero detesto viajar con esas personas que abandonan el hotel a las ocho de la mañana y no regresan al mismo hasta bien entrada la noche. Es como si tuvieran un petardo en el trasero que les impidiera parar en todo el día. En definitiva -es mi opinión- no deja de ser un ansia ambiciosa por conocer, ver y recorrer cualquier ambiente del destino que visitamos. Si al final del mismo no han conseguido ver las ciento cincuenta mil cosas que llevaban apuntadas, no se quedan satisfechos. Es el síndrome del turista culoinquieto. Llegan de madrugada al hotel como si vinieran de la guerra, gastan cantidades ingentes de Trombocid para desinflamar sus maltrechas piernas y las escoceduras en pies y entrepiernas son parecidas a las de un caminante a Santiago de Compostela subiendo un duro puerto. Y sólo han estado de visita por París. Además, la mayoría, desaprovecha el tiempo puesto que -salvo que se sea un superhombre- no hay humano que lleve este ritmo más de tres días seguidos. Y si lo hay, tiene el síndrome mencionado anteriormente.

En mi caso -y perdón por hablar de mí-,  los viajes, los tomo de otra manera -ni mejor ni peor- mucho más relajada. Suelo levantarme a las ocho de la mañana (no a las cinco para ser de los primeros en la cola para visitar la Torre Eiffel), intento desayunar con calma y reposo antes de emprender cualquier visita. Son mis vacaciones; no suelo viajar por trabajo; para las prisas y el estrés ya tengo mis días laborables.
Pues bien, una vez fijada la ruta, no soporto -salvo en algunas ocasiones puntuales- andar sin rumbo, mi acompañante y yo emprendemos viaje a paso firme y rápido. Intento evitar -en la medida de lo posible- una de las grandes miserias del ser humano, las colas. A media mañana, paramos para un café en algún lugar que merezca la pena de la ciudad y, no más tarde de la una almorzamos, casi siempre en un restaurante elegido con anterioridad y reservado a través del Concierge del hotel. A las tres ya solemos estar de vuelta en el hotel para reposar y tomar fuerzas para la tarde. Después de una reparadora siesta, si el hotel dispone de ella, nos relajamos en su piscina. No más de las seis de la tarde -no soy bebedor de té- volvemos a emprender rumbo de visitas. Eso sí, a las ocho ya estamos cenando en el restaurante elegido de la misma forma que el almuerzo. Una vez de vuelta en el hotel, tomamos una copa en su bar disfrutando de una amena tertulia y, a ser posible, de un piano. Por último, nos retiramos a dormir a nuestra alcoba. Lógicamente el plan está sujeto a cambios según sea la estación del año, el lugar o el tipo de hotel o resort. O lo que -con perdón- me de la gana.

Pido excusas por contar ciertas intimidades pero "El hotel sólo se usa para dormir" es una frase que, con lo anterior, acabo de derrumbar. Anímese, amigo lector, si posee usted la patología del culoinquieto, a tomarse sus viajes de placer con más serenidad, ya verá como, a su vuelta, se notará verdaderamente descansado. Y que nadie se sienta ofendido, por favor.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Viajar con niños. Manual del turista educado. 4ª entrega



Capítulos anteriores:



Viajar con niños es un arte, exactamente igual que la pintura, la escultura o la escritura. Por tanto, no todo el mundo tiene vocación a ello. Yo, por ejemplo, no he nacido con tan ansiado don y sólo me ha quedado la posibilidad de ir ejercitándome en tan ardua virtud hasta conseguir cierto grado de experiencia; escaso pero valioso.

Parto de una idea para viajar con niños. No creo conveniente que se familiaricen en exceso con el "glamour" y el lujo desde edades muy tempranas puesto que -es mi opinión- puede influirles negativamente en su educación y aprendizaje. Para todo hay tiempo en esta vida.
No obstante, esta idea que expongo, va acompañada de otro axioma igual de importante. Los hoteles de "camionadas" o los tugurios de mochileros son perjudiciales para su salud (también para la de sus padres). Por ello, es muy conveniente estudiar antes de elegir el hotel en el que pasaremos unos días en familia.

Como creo que la mejor manera de exponer ideas es ejemplificando, ahí van algunos.

- Sólo un nuevo rico, un jugador de fútbol o una cursi acomplejada como las del programa ese de "Mujeres Ricas" lleva a sus hijos pequeños a pasar unas vacaciones a hoteles de gran lujo como el Ritz Paris o Londres, George V, Plaza Athenee, Villa Feltrinelli, Caruso... y los que son como estos. Tan solo lo comprendería en el caso de que el niño fuera menos movido que el muñeco de nenuco. De no ser así, sucede en el 99% de los casos, hay que estar tan encima del niño para que no rompa el jarrón dinastía Ming de la sala "lounge", que no permite que los padres descansen ni un segundo. Y afirmo lo dicho por mucho "Kids Club" que posean estos hoteles.

- Hay que buscar hoteles con espacios diáfanos donde los niños puedan esparcirse. Un niño, aunque no sepa andar, es capaz de correr más rápido que yo. Si tiene espacio estará distraído y no hará que nos "saqueen" la tarjeta de crédito a la salida por los objetos que ha roto.
 
- Es conveniente si nuestros hijos son excesivamente "inquietos", pedir antes de nuestra llegada que retiren objetos de decoración de valor que puedan existir en la habitación.

- A ser posible, es conveniente elegir hoteles en climas cálidos, tipo Resort con actividades diarias para ellos, piscinas y juegos.

- Aunque sólo viajamos con un bebé, salvo que duerma como los ángeles, mejor pedir una habitación más amplia, con dos estancias, para separarlo de la cama del dormitorio principal. Si el nivel adquisitivo lo permite, mejor dos habitaciones contiguas. La mayoría de hoteles poseen tarifas especiales para familias con niños, dejando la segunda habitación a mitad de precio.

- Los niños gritan, sí, son una raza especial y maravillosa pero con ese gran fallo. Ante ello tenemos la opción grosera de protestar y llamarles la atención; o la opción educada que es comprenderles y, si el nivel de decibelios consigue que lleguen a sangrar los oídos, tomar medidas como comentarlo en recepción pero con muy buenas maneras. Pegar o insultar al padre no tiene ningún sentido.

- Los niños salpican mucho en las piscinas, es otra característica consustancial a su ser. Para ello, hay que recordar a los padres que existen piscinas para niños. Si ya son un poco más talluditos, es responsabilidad de los progenitores el que sepan comportarse como se debe. Si son los padres los que salpican, el asunto se agrava y no tiene fácil solución.

- Pecaría de injusto si no diera nombres de hoteles para viajar con niños. Conozco varios.
* Gran Hotel Bahía del Duque Resort, Costa Adeje, Tenerife. España
* Fairplay Golf Hotel and Spa, Benalup, Cádiz. España
* Villa Padierna. Marbella. Málaga. España. Un buen hotel incluso antes de que lo visitara la familia Obama.
* Asia Gardens Hotel and Thai Spa. Benidorm. Alicante. No es mi preferido pero no está mal para viajar en familia.
* La Manga Club, Príncipe Felipe. Cartagena, Murcia. España. Muy recomendable para pasar unos días en familia.
* Reid´s Palace, Funchal, Madeira. Portugal

Como se puede observar, hablo de hoteles de lujo pero perfectamente adaptados para que los más pequeños puedan distraerse y hacer deporte, compartiendo su estancia con otros niños. A su vez, los padres pueden acabarla algo más descansados de como la empezaron.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La Ley de la Barra



España es el único país del mundo -que yo conozca- donde más importancia se le da a las barras. No me refiero a esas barras donde algunas mujeres despendoladas hacen piruetas, ni a las barras de labios, ni a las de helado. Me refiero a las barras de un bar o a los mostradores de atención al cliente en un hotel.

Después de varios años de estudio e investigación he llegado a demostrar empíricamente lo que le he denominado "la Ley de la Barra". Dicha ley consiste en lo siguiente:

Una barra de un bar, por muy grande y extensa que sea, es ocupada total y absolutamente por tres personas, independientemente de su longitud. Me explico.

El ser humano español, tiende de manera innata, a colocarse enfrente de una barra de bar de tal manera que no deje hueco ni paso alguno a su derecha e izquierda. Con tal fortuna que sólo tres personas pueden ocupar totalmente la extensión de la barra sin opción a que un cuarto acceda cómodamente a la misma. El primero se sitúa a la izquierda de la misma (de la barra) pero dejando un hueco a su izquierda  (del que ocupa la barra) donde otra persona no cabe. Justo delante de él el camarero le sirve lo solicitado. A su derecha coloca el periódico abierto de par en par. La segunda persona se sitúa a su derecha (a la izquierda ya hemos visto que no puede) dejando más o menos medio metro de holgura con su compañero -no vaya a ser que se rocen-. Este coloca un taburete justo a su derecha  (que nunca usará) para que el tercero tenga que ocupar lo que resta de barra sin que le estorbe lo más mínimo. El tercero entra en juego y, en vez de ponerse en la esquina, también, como el primero, deja un espacio a su derecha donde un cuarto no entraría normalmente.

Conclusiones:
- Ninguno de ellos ha pensado en ningún momento en facilitar el acceso a un siguiente cliente que tiene su mismo derecho a estar cómodo.
- Ninguno de los tres que llenan la barra, quieren ser minimamente molestados por el resto.
- Y lo peor, ninguno lo ha hecho conscientemente. Por tanto se demuestra que los españoles llevamos la ley de la barra en nuestro código genético.
- Una cosa es defender el espacio vital de uno mismo y otra es dejar sin espacio a los demás y que no nos importe un pimiento.

En el resto de Europa, no se crean que van mucho más adelantados. Cada vez con más frecuencia se van utilizando en bares y restaurantes estas barras. Pero funciona casi a la inversa. Es el mismo local el que coloca taburetes fijos e inamovibles uno al lado del otro. Tan físicamente unidos que a un señor corpulento le cuesta dios y ayuda poder trepar y acoplarse al mismo. Cuando todos se encuentran sentados, incluso algunos traseros llegan a chocarse. Parece una lata de sardinas. Con ello, los dueños del local consiguen erradicar la "ley de la barra" de una manera impositiva, obligándote a estar sentado. Como cualquier español sabe, eso de estar sentado en una barra es antinatural; es de pie como se disfruta de ella, pero ningún extranjero sabe estar en una barra si no es sentado, aunque sea juntado cachete con cachete.

Por último, podemos realizar una interpretación extensiva de esta ley a los mostradores de recepción y "concierge" de un hotel. Si bien no se cumple como en los bares, en nuestro estudio hemos llegado a la conclusión que la ley se convierte en "Atractiva". Me explico. El mostrador de recepción atrae a cualquier cuerpo situado a su alrededor hasta una longitud proporcional al tamaño de la barra.
¿Se han fijado cuántas veces el mostrador de recepción está ocupado por personal del hotel? (me refiero a su parte exterior de consultas). No es difícil tener que cortar una conversación del recepcionista con el portero, una camarera o incluso algún botones porque hemos llegado a realizar el "check-out". Y es que, cual si se cayera, la barra atrae los cuerpos, sobre todo por la zona del codo que, de una manera rápida y eficaz, queda adherida a su superficie poniendo, a su vez, la lengua del adherido en funcionamiento y casi nunca su cerebro.