¿Qué pretende este blog?


Mi blog pretende realizar una crítica, lo más completa posible, de los principales hoteles europeos, así como proporcionar instrucciones y usos de protocolo y buenas maneras tanto a los profesionales del sector como a los huéspedes de los establecimientos. Como se observa, todo está basado en la independencia que me caracteriza, no perteneciendo a ninguna empresa relacionada con este mundo. Soy un consultor independiente. Personalmente he visitado cada uno de los locales de los que hablo en este blog.
Es mi capricho, del que llevo disfrutando varios años y quiero poner mis conocimientos y opiniones a disposición de todo aquel que quiera leerlos.
La idea surgió al no encontrar nada en la red - ni siquiera en inglés - sobre auténticas críticas de hoteles, al margen de comentarios de clientes enfadados que "cuelgan" sus quejas en distintas webs como un simple "derecho al pataleo" sin intento alguno de asesorar, construir o mejorar.
Muchas gracias por vuestra atención y colaboración.

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miércoles, 1 de junio de 2016

¿Qué es el "early check-in"?





En una entrada muy anterior del blog estuvimos estudiando en qué consistía el "late check-out" o la salida tardía de la habitación al abandonar el hotel.

Simplemente quiero hablar ahora unas líneas sobre el paso contrario, el "early check-in" o la entrada a la habitación del hotel antes del horario establecido. En Europa, incluido Reino Unido, se toman las dos o tres de la tarde para entrar en la habitación y las doce de la mañana para dejarla. Aproximadamente.

Puede suceder que por varios motivos, lleguemos al hotel horas antes de la fijada para la entrada. En este caso, solicitaremos -lógicamente con antelación, no en ese momento- un "early check-in".

Esta casuística es variada. Un ejemplo lo tenemos en los huéspedes que se desplazan utilizando las "low cost". Tales compañías, tienen por norma volar a unos horarios donde aún no han "abierto las calles". Ese es el motivo por el cual puedes salir de Barcelona a las 05:50 y llegar a Berlín a las 08:30 de la mañana; pudiendo, por tanto, pasar por la puerta giratoria del hotel a las 9 de la mañana; seis horas antes del horario establecido.
Como esa entrada temprana a la habitación la habremos solicitado con antelación, el personal de recepción habrá hecho todo lo posible por tenerle preparada la habitación. Con más motivo, si se es asociado a centrales de reservas internacionales como "The Leading Hotels of the World", "Preferred Hotels Group", etc. Estas membresías llevan aparejada un "early" o "late"; algunas bajo petición y disponibilidad; otras te lo aseguran.

Antes de continuar, tan sólo una puntualización. El check-in, sea early o como sea, siempre debe hacerse de pie, nunca sentado. Sólo en el caso de "vips check-in" donde nos reciben tranquilamente en nuestra misma habitación o en un reservado, es correcto sentarse para realizarlo. De la otra manera, lo único que consigue el hotel es dilatar el tiempo necesario para que el cliente se registre a la par de crear una cola de espera para otras tareas. Además, el huésped, siempre quiere rapidez en esta gestión, quiere llegar a su habitación lo antes posible y la posición de sentado -tanto del recepcionista como la del cliente- demora innecesariamente el tiempo de espera. No olvidemos que el cuerpo humano se suele adaptar cual líquido al continente que lo alberga. Respetando otras opciones, me parece cursi la opción de recepciones sentadas con sillas de confidente, cual bufete de abogados. 

Bien, de no ser posible complacer la solicitud del huésped por motivos serios (el hotel está lleno, la habitación está por hacer), el recepcionista lo comunicará sencillamente al cliente excusándose simplemente pero indicando el motivo de porqué no se ha podido realizar la petición. No está bien comentar la negativa alegando que aún quedan horas para la entrada. Es más, en el caso de que el cliente sea un cazurro y no haya solicitado la entrada temprana en la habitación, el recepcionista intentará conseguirle una habitación, lógicamente. Que no se me entienda mal. También puede suceder que por imprevistos nos veamos en el hotel antes de lo que pensábamos.

Una vez se comunica que no hay habitación se debe proceder por parte del hotel, ayudando a depositar en consigna las maletas de los viajantes y enterarse, llamando a la gobernanta del hotel a qué hora podrá estar lista la habitación. Este paso es importante porque así los huéspedes pueden organizarse con tranquilidad. Es este el momento de pedir los documentos de identidad y las tarjetas de crédito para que luego no haya que volver a molestar al cliente haciéndole esperar otro rato. Dejo aquí claro este tema, sobre todo a mis lectores más legalistas. Si por algunos fuera, ya me habrían metido en la cárcel por no cumplimentar las exigencias normativas de presentar el DNI de todos los huéspedes. Repito, como he dicho ya en infinidad de comentarios de este blog que del listado de hoteles que tengo criticados, varios, y digo varios, no me han pedido el documento identificativo de mi acompañante. Y mi acompañante, mi señora esposa, siempre me acompaña en el check-in. No hablo de otras acompañantes más furtivas que entran en la habitación a las 2 de la mañana y salen a las 5. Entiendaseme.

Es un detalle exquisito ofrecerles la posibilidad de desayunar, lógicamente a cargo del hotel. Este detalle lo tuvieron conmigo en el Mandarin Oriental de Barcelona. Decliné agradeciendo mucho tal gesto debido a que ya lo habíamos hecho al bajar del avión.

Al igual que el "late check-out", el "early check-in" no se debe cobrar en un hotel de lujo. Aunque no siempre es así, es un servicio que, si se puede, se presta y si no se puede, amablemente se explica. Y ya está. Los huéspedes que llevan de  Louis Vuitton hasta los cristales de las gafas y los pañales del niño, suelen ser los que más protestan cuando llegan a un hotel sin avisar antes de la hora prevista. Nadie en su sano juicio se pone como un basilisco si llega tempranamente al hotel sin avisar y no está preparada la habitación. Bueno, nadie en su sano juicio debería ponerse nunca  como un basilisco.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Crónica amarga de un asaltabuffets insaciable



Reconozco que da gustirrinín despertarse sin prisas y pensando que nos espera un festín en la sala de desayunos del hotel. Acostumbrado a que el despertador nos haga sangrar los oídos y desayunar de pie una miserable tostada de margarina barata junto a un café con leche medio frío; huir de la rutina nos ayuda a tomar fuerzas y recargar pilas.
Pero a veces, nos tomamos muy en serio este tema. Tanto que, sin darnos cuenta, llegamos a perder temporalmente básicas virtudes humanas que, inmersos en la rutina diaria, ni por el forro nos pasaría.

Como decía, te despiertas -de manera natural- y, después de darle los buenos días a tu pareja, pasas a afeitarte y darte una ducha relajada. Una vez aseados y bien despiertos, bajamos -o subimos- a la sala de desayunos. Ese momento suele ser de incertidumbre. Primero debes superar el obstáculo de decirle al camarero el número de tu habitación. En ese momento estás algo nervioso. En el fondo sabes que te vas a poner hasta arriba de comida, que tienes todo el tiempo del mundo pero un gusanillo no para de moverse por tu estómago. Ya en la sala, si otro camarero no te acomoda directamente en una mesa -es lo que se debe hacer-, tardas un rato en elegirla. Calculas, en cuestión de milisegundos, la bisectriz de la mesa en comparación con la distancia del mostrador principal del buffet. Haces cálculos sexagesimales de cuánto tardarás en ir y venir a por más comida. A su vez -es increíble la de cosas que tu cerebro puede hacer al mismo tiempo-, quieres una mesa donde estés lo más apartado posible para no pasar la vergüenza de que te vean treinta y dos veces levantándote a por más. En fin, logras posicionarte, expandes la servilleta encima del plato para marcar el territorio y que nadie te quite el sitio y, en silencio sepulcral -es notorio el silencio que suele haber en los buffets de desayuno de los hoteles-, vas a inspeccionar los alimentos de los que dispones. Los jugos gástricos comienzan a hacer mella. El primer mostrador, lo saltas. Sólo los imbéciles toman fruta o cereales cuando puedes comer lo que te salga; eso lo dejas a los de la tercera edad y a los niños. Pasas al principal, ese sí que merece la pena. Jamón, embutidos de toda clase, tabla de quesos, salmón ahumado con salsas que no tienes ni puñetera idea de lo que llevan. Luego te fijas en ese apartado donde están situadas las fuentes con tapadera deslizante que guardan el calor. En ellas están situadas los huevos revueltos, las salchichas, el bacon, el famoso tomate asado y los manidos champiñones. Y, acabando tu inspección, el mostrador con los dulces y tartas, innumerables, y el mostrador con los quinientos cincuenta tipos de pan.
Te pones tan nervioso que, lo primero que haces es servirte una copa de agua. Ya has hecho un viaje. No puedes ir con la copa y servirte un plato. Eso es imposible. Una vez servida el agua, vas a lo imprescindible. El zumo de naranja. Puede ser que hagas cola o no pero si no está el zumo de naranja en tu mesa, tú no comes. Otro viaje más. Luego vas a por el salmón ahumado. Te pones media Noruega en el plato y echas por encima que si salsa tártara, o lo que sea esa densidad blanquecina. Lo llevas, de nuevo, a la mesa. Otro viaje más. Te sientas y ya te empiezas a cagar en todo lo que se menea porque te falta el pan. Te levantas otra vez y vas a por el pan. Después de realizar la engorrosa acción de cortar la barra con la servilleta para no tocarlo  con la mano, lo depositas en un plato, coges dos panecillos más por si te falta y vuelves a emprender el viaje a tu puñetera mesa. Te das cuenta que los abueletes de la mesa de al lado, que han venido más tarde que tú, ya se han ido después de haber tomado yogur, nueces y un kiwi.

Antes de sentarte, te acuerdas de que no has cogido la mantequilla. Y el salmón ahumado no puedes tomarlo sin ella. Esta vez emprendes un nuevo viaje mucho más rápido. Tomas dos o tres pastillitas y enseguida estás en la mesa. Por fin, empiezas a comer. Estás algo sediento y te pimplas de un trago toda la copa de zumo de naranja. Tu acompañante te dice que tengas cuidado, que no ingieras muy rápido para que no te siente mal. Tú, que has pagado ya el desayuno -estaba incluido en el precio de la habitación-, y sabes mucho de economía, pretendes amortizar con creces tal inversión. El salmón es ingestado como si de una ballena cachalote se tratara. La salsa te la tomas a cucharadas. El pan, no lo partes con las manos. Te lo llevas directamente a la boca y, a mordiscos, lo vas comiendo. En un minuto, ya no queda nada. Tú eres feliz porque sabes que tienes a tu disposición mil productos más y que no te van a cobrar ni un duro por enviarlos a tu flamante panza.

Vuelves a emprender otro viaje a por más comida -parecido a como les sucedía a tus antepasados austrolopitecus- y esta vez vas directamente a por la tabla de quesos. Un buen pedazo de cada uno lo vas poniendo en tu plato. Como tienes algo de vergüenza, pones encima de los cuarenta y siete trozos de queso dos lonchas de mortadela para paliar el qué dirán. Regresas a tu guarida. Te sientas. Te cagas en la leche. No tienes zumo. Tráeme uno, por favor, le dices a tu acompañante. Te lo traes tú con las orejas, te responde. Te va a sentar mal tanta comida, imbécil. Como si no hubieras oído nada, te levantas, por trigésimo segunda vez a por más zumo. Traes dos, uno lo pones a tu lado y otro en el de tu acompañante. Pero no es para ella. Es para ti para cuando se te acabe y no tengas que levantarte. Además quedas de vicio, le sirves el zumo a tu acompañante, qué galán.
Has sido inteligente y antes de sentarte has ido a por más pan para el queso. Te lo pimplas en un santiamén y te bebes de un trago tu zumo, el de tu acompañante y el del niño Jesús como se descuide. Ya no tienes más hambre, estás lleno. Pero la economía es más fuerte que la anatomía. Ahora toca lo caliente. Huevos revueltos, bacon, salchichas. Todo ello acompañado de ketchup, mostaza y tabasco -por lo del toque picante-. Regresas a la mesa con el plato que va a estallar pero, como tienes experiencia, vuelves a servirte zumo de naranja -y a tu acompañante también- y coges pan. La tarea comienza a hacerse ardua. Tu acompañante ya está poniendo guasaps sin hacerte ni puñetero caso. Un pequeño sudor frío pero soportable, comienza a brotar por la frente. Acabado ese bacon frito, común en todos los hoteles del mundo, grasiento y medio frío. Esos huevos revueltos que llevan de todo menos huevo y esas salchichas -tipo frankfurt- pero chabacanas y matahambres; una vez acabado todo, limpias el estómago con dos copazos de zumo de naranja. La huerta valenciana se estremece. ¿Nos vamos ya? -dice tu acompañante-. Tenemos que pasear por la zona de los "navigli". Espera, hombre. Aún no he tomado café. Llamas al camarero para que te sirva un café con leche y te levantas otra vez por si lo puedes acompañar de algo dulce, no te vayas a quedar con hambre. Regresas con otro platazo de dulces repletos de colesterol, aún más pervertido que el de las salchichas. Tu cerebro te dice que no los ingieras pero a ese órgano no hay que hacerle caso. Hasta la guinda. Antes de partir a tu habitación, te levantas de nuevo a por agua. De hecho beber agua es lo que estaré haciendo en las próximas seis horas.

Ya en la habitación, te tienes que tumbar en la cama media hora. Tu acompañante quiere ver Milán y tu casi no puedes ni andar. Eres un as de las finanzas, has amortizado con creces tu inversión en el desayuno. Al final, medio doblado, te vas a ver la ciudad. Al salir te das cuenta de que te está entrando una acidez como si te rociaran con sulfúrico el esternón. Empiezas a arrepentirte de lo que has hecho. El zumo de naranja es un manjar pero, aunque sea totalmente natural, mezclado con ciertas sustancias, puede ser más dañino que el arsénico. Tienes sed. Vas comprando agua por todos los chinos con los que te topas. No puedes andar mucho. A la hora del almuerzo, tu acompañante tiene hambre. Tú aún tienes el Stilton y el Camembert en el gaznate. Queríais disfrutar de un libanés muy famoso y, al final, a tomar por saco. Tu acompañante malcome en una miserable cafetería un sandwich vegetal y tú un vaso de agua y un almax. Ese día -que prometía feliz para visitar Milán- ya está estropeado.

No lo volveré a hacer más, repites toda la tarde. Claro que no, no lo volverás a hacer más hasta la mañana siguiente.

viernes, 10 de febrero de 2012

Alfredo, de gira por España. 1ª entrega





Es conocido por mis  lectores que soy un pesimista existencial respecto al número de seguidores de este blog. Aún así, por deferencia a ellos, ya que -aunque en privado- me lo han solicitado, voy a centrarme en  próximos post en los hoteles de lujo españoles. Bajo el título "Alfredo, de gira por España" hablaré de los establecimientos con más clase de nuestro país. No seré tan exhaustivo como frecuento debido a que convertiría en kilométrico este capítulo. Si pierdo, por tanto, dos o tres de mis lectores frecuentes me veré abocado al más absoluto de los fracasos y mi psiquiatra me lo recriminará.

Quiero que se me excuse al no utilizar en esta saga, absolutamente todos los criterios de calidad y rigor sobre los hoteles que, creo, han quedado claros en mis anteriores entradas. Lo digo porque, quitando algunas ciudades españolas (pocas), los hoteles con clase en España no se prodigan efusivamente, que digamos. Por tanto, sin llegar al detalle de ir municipio por municipio, al menos quisiera citar uno de cada Comunidad Autónoma.

Como estoy delimitando el criterio geográfico al ámbito nacional español, espero suscitar interés en el lector y le animo a que rompa el vacío absoluto y gélido del que hacen gala casi todos los buzones de comentarios de cada uno de mis post.

Hace poco, navegando por el ciberespacio a la caza de alguna noticia relacionada con la hostelería, me topé con una acaecida en Australia cuyo contenido afirmaba:

"El artículo dice que los viajeros que esparcen comentarios o reseñas negativas sobre hoteles podrían exponerse a largas y costosas batallas legales. Asimismo, también menciona que algunas páginas de reseñas de hoteles tienen sus términos y condiciones donde subrayan que se los indemnice en caso de alguna difamación difundida sin fundamentos. La mayoría de estas condiciones se encuentran en la letra pequeña de estas páginas y yo nunca me había fijado en ellas sin detenerme a publicar una crítica positiva o negativa. Por lo visto, parece que el miedo a la mala imagen acecha y no estaría mal que revisáramos nuestra libertad de expresión antes de disparar."

Si bien es cierto que Australia queda algo lejos de España, me hizo reflexionar y quiero expresarles con sinceridad, mis queridos lectores, que intento callarme antes de afirmar algo que pueda llevar a la difamación sin fundamentos, empero, no me callaré, ni me harán callar, si mi intención es colaborar a mejorar lo que, de hecho, se hace mal. No se puede permitir que en un hotel de lujo, con el paso del tiempo, adquiera prácticas, o mejor dicho, vicios de hostal de estación de tren de provincias. En España, muy a mi pesar, tales vicios los he encontrado con más profusión que en el resto de Europa, salvando algunos casos.

Comenzaremos en la próxima entrada del blog con Galicia y Asturias.

lunes, 16 de enero de 2012

La prisa. El peor aliado de un hotel de lujo







Si tuviera que afirmar cuál es el principal defecto que puede tener un gran hotel hoy en día, no dudaría en afirmar: la prisa.
Sí, no diría ni los rusos, ni la gestión de un mal equipo de camareras de habitación, ni un director florero, ni un "front-office" salido de "funerarias Pérez", ni una relaciones públicas tímida y apocada. No. Eso puede influir, pero lo peor de todo es que al cliente de un hotel se le transmita el áurea de prisa que -hoy en día más que nunca- me encuentro en muchos buenos hoteles. Me explico.

El huésped de un gran hotel debe tener la sensación en todo momento de que se le mima y de que se le cuida, particularmente a él, independientemente de que conviva con otros 285 huéspedes más. Todos ellos -de manera individual- deben tener el mismo sentimiento de privacidad y exquisito trato.

Algunos lectores ya habrán dejado de leer este post -sobre todo si trabajan en el ramo de la hostelería- acordándose de algún pariente mío. Pero no me cabe otra que decir lo que pienso.

Y no hay mejor manera de expresar lo que uno piensa que con ejemplos.

Al realizar el check-in, el recepcionista debe transmitir sensación de serenidad dentro de la eficaz gestión que tiene que desempeñar en ese momento. Si nos hemos adelantado dos horas a la llegada prevista, no llamará por teléfono a voz en grito ni se ansiará para ver cómo puede alojarnos. Lo hará sin que el cliente se entere de lo que dice o hace, con rapidez pero sin dar sensación de que se va rápido. Si no puede conseguir la habitación, lo comunicará al cliente. Si el cliente es estúpido -algo normal hoy en día- no lo entenderá y protestará diciendo que sus maletas Louis Vuitton se enfrían y van a coger un resfriado. Él lo entenderá y nunca perderá la calma aunque -en ese momento- lo que le sale del alma es coger al Vuitton y a su puñetera tía y estampársela en la cabeza. Si el recepcionista supera este problema con mirada amable y serena, habrá ganado la batalla.

Si la zona de la piscina debe estar lista para la noche y limpia de tumbonas, los encargados no empezarán a recogerlas hasta que esté a punto o haya terminado ya el horario de uso de la piscina. No vale recoger todo y dejar las 8 tumbonas que se están usando en ese momento. Ello provoca en el cliente una sensación extraña, como de falta de trato o de que te están echando dentro del horario de uso de esa instalación.

Si el equipo de camareros del desayuno, una vez acabado el mismo, deben pasar al bar de la piscina, no estarán media hora antes de que acabe el turno de desayunos recogiendo ni apurando el paso porque no llegan para lo siguiente. Aunque haya prisa, se trata, precisamente de no dar sensación de tal.

Pero, antes de seguir, quiero aclarar. La responsabilidad de que ocurran las situaciones comentadas anteriormente, en ningún momento, son responsabilidad ni del recepcionista, ni del personal encargado de la piscina ni de nadie que no sea la dirección del hotel. Ella, precisamente, es la que debe gestionar y dirigir a su personal con las instrucciones  -¡Y medios!- adecuados para llevar a buen puerto sus tareas. Comprendo que el mozo de la piscina empiece a retirar las hamacas una hora y media antes si él sólo debe hacerlo cual costalero de Semana Santa. Es de entender que la camarera de habitaciones corra por los pasillos cual posesa si sólo ella debe realizar 25 servicios.

La dirección de un hotel no sólo debe asegurarse del correcto funcionamiento del mismo. Debe estar muy al tanto de las necesidades de su personal, liderándolo con motivación para que puedan desempeñar una tarea tan subjetiva -ya me entienden- como la de transmitir sensaciones. En este caso la de serenidad, mientras se realiza el cometido concreto indicado. Ello, aparte de otros aspectos muy importantes, se consigue con la formación continuada del personal de un hotel y con el compromiso -por parte del mismo- de la eliminación en la medida de lo posible, de los contratos basura. El hotel que gestiona con eficacia esta situación, tiene el éxito asegurado.

martes, 8 de noviembre de 2011

Los rusos de la piscina




Tengo cierta manía a las vestes de rusos que invaden nuestros hoteles durante todo el año. He aquí lo que me sucedió este verano en un hotel mientras pasaba unos días de descanso con mi acompañante y nuestro hijo. Mi acompañante es mi mujer a la que adoro y le fastidia un pie que le llame acompañante.

En el área de la piscina intentaba a toda costa que mi niño no hiciera muy a menudo lo que es consustancial a su naturaleza por genética; me refiero a gritar. En ello ponía todo mi empeño, intentando distraerlo pero no tanto que llegara a exaltarse y, por tanto, proferir el desagradable grito, no de aburrimiento o dolor sino de júbilo y diversión (que es el más agudo y llega a hacer sangrar los oídos). Pues bien, todo iba muy bien, incluso los señores ancianos del sector izquierda sonreían tenuemente como dando a entender que el niño no les estaba molestando. Yo, intelectualmente agotado por el esfuerzo, continuaba distrayéndolo para que esos señores ancianos y los obesos del fondo pudieran seguir tumbados cual féretros al aire. Pero todo empezó a cambiar cuando una familia de rusos acampó en la piscina. Llevan escrito en la frente que son rusos. Suelen viajar en familias, por no decir castas, de entre 10 y 20 personas, campan por las instalaciones del hotel como un chimpancé por los árboles sin importarles ni el señor obeso del fondo ni su puñetera madre. Los niños de las familias rusas tienen la misma educación que los monos de los que hablaba antes. Se tiran a la piscina de bomba intentando caer lo más cerca posible de tu posición, para joder, claro. Comen y beben a todas horas y en todo momento. Las señoras suelen estar todas operadas de estética, sobre todo pechos y zonas celulíticas; y utilizan un tinte de pelo tan rubio que aún hoy el Csic se pregunta por su componente químico.

Yo, que soy un gilipollas, me quedo con cara de apavado al ver cómo los padres de los niños rusos ni siquiera están mínimamente pendientes de ellos mientras que yo, estoy totalmente pegado a pespunte en todo momento a mi churumbel, intentando que no haga el más mínimo ruido. Mi acompañante  -que sí, que te quiero mucho, mi vida- que es bastante más realista, me mira con enfado como diciendo; imbécil, mira tú que no haces otra cosa que intentar que el niño no haga ruido y mira los rusos como salpican los energúmenos de ellos.

Cualquier niño de menos de 8 años y cualquier ruso (sea cual sea su edad) tienden por naturaleza a ocupar por completo la zona de la escalera de acceso o salida de la piscina. Casi tuve que pedir auxilio al socorrista para que me sacara de la misma ya que no había manera de que te dejaran subir un momento por ella. No poseo la suficiente fuerza de brazos como para poder abandonar el agua desde el borde sin escalera. Yo creo que no saben nadar y eso les da seguridad. De lo que sí estoy seguro es de su falta de educación al ocupar constantemente la zona de la escalera y, por supuesto, les importa un pimiento que el resto tengamos que utilizarla para entrar o salir del agua.

Cuando, por fin, la familia rusa salió del agua, le piden al camarero unas fuentes de fruta que comienzan a devorarla con las manos, como los gorilas. Las pepitas de algunas frutas eran escupidas groseramente al suelo y la toalla era utilizada de babero-servilleta.

Por fin, cayó la tarde y pudimos abandonar la zona de guerra y refugiarnos en la habitación del hotel.

A la hora de la cena, tuvimos la gran mala suerte de volvernos a encontrar en mesas casi contiguas. Reconozco que tengo mal fario y que el destino me los pone siempre lo más cerca posible. Todos, en una enorme mesa corrida gritaban como los indios apaches, sin importarles un bledo el resto de los comensales de las mesas restantes. El pater familia se pimplaba un puro entre plato y plato, de esos que tienen el tamaño de un pepino -era una terraza-. Una de las hijas, no tendría más de quince o diecisiete años, llevaba un escote inexistente -es decir, casi las tetas al aire-. El vino que pidieron era Vega Sicilia. Sólo los nuevos ricos piden un vino así para una cena común. Los platos, miles y miles, según llegaban a la mesa, eran retirados por los camareros. En definitiva una caricatura de orgía barata pseudoromana plagada de estupidez y chabacanería. Les aseguro que el precio del cubierto -sin ostentosidades- de ese restaurante era muy elevado. No me quiero imaginar la factura que les tuvo que llegar. Pero a ellos se la suda, sacan seis o siete billetes de quinientos y a vivir que son dos días. Bien, lo voy a dejar porque me exacerbo.

Todo ello me dio que pensar. Les aseguro algo. En mi blog he hablado varias veces sobre la mala educación de los españoles en comparación con otros europeos, sin incluir los rusos que esos están fuera de medida alguna. Pues bien, después de varias anécdotas como estas y de haber coincidido con familias españolas en los mismos lugares que me he encontrado con estos rusos, debo afirmar que los españoles somos los más educados. Matizo, los maleducados son muy maleducados pero los educados son los más educados. Aquí, todos deberíamos aprender. Bueno, todos  todos, no. Los rusos continuarán invadiéndonos y gastando su dinero a espuertas, -al menos no se resentirá nuestro sector hotelero- dinero que sinceramente, siempre me he preguntado de donde sacarán. Bueno, en el fondo, me importa un rábano, justo el mismo que les importo yo y el resto de huéspedes que coincidimos con ellos en un hotel.

lunes, 3 de octubre de 2011

Funcionamiento y organización de la piscina de un hotel y su correcto uso


 

Son ya varias, en las últimas visitas a hoteles que he tenido, las ocasiones donde he percibido que la gestión por parte del hotel de la zona de piscina y sus dependencias; "por h o por b", necesitan mejorar. Unas un poco, otras algo más y otras todo.
Me dispongo en este post a resumir toda una serie de requisitos imprescindibles para que cualquier hotel que se precie pueda gestionar su piscina en óptimas condiciones. Intentaré no ser muy extenso pero el tema creo que es suficientemente importante como para alargarnos un poco. Al mismo tiempo es mi intención dar recomendaciones a los huéspedes del correcto uso y comportamiento en la misma.

1.- Lo primero y principal es que el cliente se sienta atendido nada más llegar a la piscina. Es necesario que un mozo, o bien le salga al encuentro, o que esté situado en una garita. El mozo, cortesmente entregará dos toallas a cada huésped, una para la tumbona y otra para secarse. El mozo es conveniente que extienda la toalla sobre la hamaca, a ser posible quedando en la cabecera de la misma el emblema del hotel, no tirándola encima de la misma como si fuera la envoltura de un chicle. Nos preguntará si deseamos que extienda o no la sombrilla y, de ser positiva la afirmación, la abrirá enseguida. Antes de marchar, nos preguntará si deseamos llamar a un camarero para que nos sirva alguna bebida.
Por tanto, está absolutamente prohibido llegar a una piscina y no tener ni pajolera idea de dónde está la caseta con las toallas y no ver a ningún mozo ni encargado que nos las pueda proporcionar. Esto es algo muy común que últimamente estoy notando en varios hoteles.

2.- El mozo que se encarga de ayudar a acomodar a los huéspedes tiene un papel primordial en el global de calidad de servicio de muchos hoteles. No hay que olvidar que muchos establecimientos que vulgarmente se denominan "de sol y playa" son demandados en su gran mayoría por sus piscinas para tomar el sol y refrescarse. Por ello, es absolutamente imprescindible la formación específica a ese sector del personal de un hotel. Algunas direcciones de hoteles, piensan que es un puesto lo suficientemente poco cualificado que lo puede llevar a cabo cualquiera. Nada más lejos de la realidad, como intento demostrar aquí. Por tanto, el encargado de la piscina no debe ser una especie de David Hasselhoff sentado en una silla bajo la sombra de una sombrilla, con semblante serio -como dando a entender lo bueno que está- y no levantándose de la misma nada más que para hacer un pis. Eso es más parecido a un vigilante adolescente de piscina de barrio bajo, que un encargado de la piscina de hotel de lujo. Ya hablé en otra entrada sobre este tema. Puede consultarlo pinchando aquí.

3.- En la zona de hamacas de la piscina es muy recomendable que la dirección del hotel sitúe algún teléfono para comodidad de los huéspedes. Me explico. Poder llamar para reservar mesa en algún restaurante del hotel, solicitar a recepción que envíen algún "boogie" para transporte interno -si es que existe-, reserva en el spa o cualquier otra cosa que el huésped estime oportuno. Muchas veces me siento indefenso en la piscina de un hotel y esos teléfonos facilitarían la comunicación y la gestión del mismo. No obstante, si no existe dicho teléfono -suele ser lo habitual-, será el encargado de la piscina quien nos solucione la gestión.

4.- Las tumbonas no son propiedad privada de los huéspedes del hotel. Me explico. Si se extiende la toalla a las 10 de la mañana, tomamos el sol una hora y nos vamos, dejando extendida la toalla porque a las 7 de la tarde volveremos a refrescarnos, la persona que así actúa es una maleducada e insolidaria. Para solucionar -en la medida de lo posible- tal tema, el hotel debe situar varios cestos (por ejemplo de mimbre) por la zona de la piscina para que podamos echarlas al acabar. Los mozos encargados deberán estar atentos para que, cuando vean que los clientes maleducados se han ido sin echar al cesto las toallas, lo hagan ellos para dejar la tumbona libre a otro huésped. Da impresión de dejadez absoluta, llegar a una piscina con la mayoría de tumbonas cubiertas con toallas pero sin nadie utilizándolas.

5.- Comprendo que la zona de la piscina suele ser utilizada por las noches como lugar de terraza para servir cócteles. Pero si el horario de utilización de piscina es de 10 de la mañana a 7 de la tarde, no puede ser que los mozos a las cinco y media se pongan a recoger los cojines de las mismas. Esto es una práctica altamente común hoy en día en la gran mayoría de los hoteles con piscina. La sensación que transmiten no es otra que la de echarte a la calle, cuando aún queda una hora y media para su cierre. Un director de hotel que lea esto seguro me dirá que es imprescindible para poder montar lo necesario para la noche pero, lamentablemente, no puedo darle la razón. Si no se llega a tiempo sólo hay dos posibilidades, o recortar el horario de apertura de la piscina o contratar a más mozos para que hagan esta ingrata tarea. Y digo esto último porque es incómodo ver a los pobres muchachos cómo sudan la gota gorda mientras tú te pimplas un mojito. Y, además, por desgracia, suele ser uno sólo el que se encarga de retirar toda la ingente cantidad de cojines mojados y hamacas pesadas.

6.- Los camareros del bar de la piscina deben tener la discreción necesaria para aparecer de vez en cuando por la zona de las hamacas. No es de recibo que en dos horas a pleno sol no aparezca ninguno para poder pedirle algo de agua. Tampoco es normal su contrario, es decir, atosigarte cada dos por tres preguntándote si deseas algo.

7.- Aunque he de decir que la mayoría de hoteles ya los utilizan, los recipientes de las bebidas deben ser de un material que no corte al romperse. Están muy de moda y muy conseguidos, unos vasos de plástico que dan sensación de cristal.

8.- Las duchas de acceso y salida a la piscina deben estar bien señalizadas y no a cuatro kilómetros de la misma. Los clientes deben ser lo suficientemente higiénicos como para utilizarlas la primera vez que entren al agua. Comprendo que la temperatura de esas duchas está a 155 grados bajo cero pero, aunque sea vagamente, hay que hacer uso de ella.

9.- Si estamos toda la mañana o toda la tarde en la piscina, es un detalle de excelente calidad en el servicio que te ofrezcan renovar las toallas que ya estarán muy húmedas. Este servicio es de diez.

10.- No todos tenemos la agilidad del simio. Se agradece muchísimo que la piscina tenga un acceso fácil a la misma con escaleras progresivas y barandilla para apoyarse. No me refiero a las típicas escaleras verticales de piscina que las tiene cualquiera sino a las de obra. Es de muy mala educación obstaculizar el acceso o salida de la piscina en las escaleras.

11.- Si el hotel posee varias piscinas de diferentes tipos, es muy recomendable que en el turndown depositen una hoja con las temperaturas de las mismas y si son de agua salada o dulce.

12.- Cuando uno va a la piscina suele llevar poca ropa. Y lo que casi nunca se lleva encima, por tanto, es dinero. Es recomendable, por parte de los huéspedes del hotel, que hagan un pequeño esfuerzo para recordar, por ejemplo el último día de su estancia, entregar una buena propina al encargado de la piscina si este ha cuidado con esmero el cometido de su trabajo.

13.- Hay momentos del día o temporadas bajas donde la actividad en la zona de la piscina es mínima. Ni en esos momentos ni en los de mayor actividad, los mozos de la piscina deben dar sensación de "no hago nada", hablando con el barman de la cafetería de la piscina o de cháchara con un camarero. Siempre hay tareas para hacer y más vale estar leyendo un libro en una garita -eso sí ojo avizor por si algún huésped necesita sus servicios- que de parranda y parloteo con los compañeros. Cuidado también entre los compañeros al dirigirse a los clientes del hotel. No es lo mismo hablar del caballero de la última fila que del gordinflas del tanga del fondo; siempre puede haber otro cliente que escuche tal lamentable afirmación, aunque sea cierta.

viernes, 17 de junio de 2011

El minibar de una habitación de hotel. Un mundo por descubrir




Álvaro S. en un reciente comentario me sugirió que escribiera sobre el minibar de una habitación de hotel. En primer lugar, agradezco a los que me leéis dichas recomendaciones, peticiones o sugerencias porque uno ni tiene tiempo ni dinero para ir cada semana cuatro días a un hotel para luego hacer la crítica; ni tampoco una imaginación de cuento de hadas -y eso que la mía es muy calenturienta- para hacer un buen post sobre un tema relacionado con los hoteles cada semana. Así que, por favor, no os cortéis a la hora de escribirme. Pedid y se os dará; y también se os agradecerá.

Bien, dicho esto, ya he hablado algo de los minibares en otras entradas del blog como "las amenities que están de más y las que no deben faltar" y "Las preguntas prohibidas". Se trata, pues, de recopilar lo dicho hasta ahora y de ampliar toda la información para hacernos una visión lo más completa posible de este elemento que no dejará jamás de sorprenderme, como es el minibar.

Partimos de la base de que, para la gran mayoría de mortales, el minibar es un accesorio endiablado al que no hay que acercarse, siquiera. Sí, seamos sinceros. Cuántas veces hemos entrado en una habitación, nos hemos puesto a mirar todo, a sacar punta a cualquier aspecto de la habitación o del baño y, cuando nos topamos con el minibar, una voz, casi siempre femenina, dice. ¡No lo toques! Sí, lo reconozco, el minibar suele tener una tarifa de precios que, en ocasiones, hace que se lleguen a caer las pestañas. Sigamos siendo sinceros, cuántas veces nos hemos quedado embobados mirando esas botellitas de licor tan bien puestas, ese paquetito de frutos secos que dice cómeme, ese benjamín de champán que parece que tiene tu nombre.... esa, en definitiva, cara de espanto cuando ves la lista de precios y te cagas en todo.

Pero ni calvo, ni con siete pelucas. Si bien, no se trata de fusilar hasta el zumo de tomate del minibar, como si en nuestra vida hubiésemos estado en una cafetería, tampoco se trata de ser un auténtico rácano y jamás usar nada del mismo si nos apetece.
Haga usted examen. ¿Cuántas veces ha respondido a la maldita pregunta del check-out de recepción ¿Tiene usted algo de minibar, con un sí? Digo maldita porque detesto que me la hagan. A nadie le interesa si soy un bebedor compulsivo de ron; y en recepción siempre suele haber mucho tránsito de personas. Siguiendo con lo nuestro, ¿Cuántas veces hemos dicho sí? Si es ninguna y sí nos apetece, pues ya va siendo hora de estrenarse.

Pero claro, ahora llegan los inconvenientes logísticos.

Puede suceder que el minibar sea inteligente, es decir, que tenga una memoria informática conectada directamente con recepción. Si queremos sacar la fanta naranja para hacer hueco al biberón del nene, automáticamente salta un chip como si hubiéramos consumido la fanta. Esto siempre me ha parecido una falta de educación grave de los hoteles para con los huéspedes. Ahora bien, comprendo que hay cierto tipo de clientes de hotel que cual mochileros insaciables, se llevan de viaje la mortadela, la tortilla de patatas, las latas de atún barato, el nescafé. En fín, que llegan a utilizar el minibar como si fuera el frigorífico de su casa y el próximo cliente que entra a la habitación se encuentra con un pestizamen a chorizo que no le deja dormir en toda la noche. Por esta razón, creo que algún ingeniero aburrido inventó dicho minibar inteligente. Aún con todo, estoy en contra de ellos.

También puede ocurrir que el minibar se parezca a la central termodinámica de Móstoles por el puñetero ruido que hace que no te deja pegar ojo; o lo que es peor, el minibar tipo Sputnik que de lo que se mueve, parece que va a despegar en cualquier momento. El minibar debe ser revisado por el hotel de vez en cuando, y no me refiero sólo a la reposición de su contenido, que muchas veces, de no usarse está caducado.

El agua de cortesía que todos los hoteles deberían depositar encima de la mesita de noche en el servicio de turndown, es una amenidad gratuita del hotel; no es consumición de minibar. Por cierto, ante esto debo decir que muchos hoteles sólo dejan el agua la primera noche. Muy mal. Hay que reponerla cada día; racanear con el agua me parece una grosería impropia de un hotel de lujo.

Si en su habitación, cerca del minibar, descubre una cubitera vacía, no es para que se la eche a la maleta; es para pedir que le repongan hielo cuando lo desee llamando al servicio de habitaciones. El sacacorchos y el abrebotellas tampoco están para aumentar el menaje de nuestro hogar.

Antes comentaba que odiaba que me hicieran la pregunta de si había consumido algo de minibar en el checkout. Lo correcto en este caso es tener un servicio de habitaciones muy bien dirigido. En el momento de la salida, una camarera entra y echa un vistazo. Ella comunicará a recepción si hemos consumido algo de minibar o no. Si no es así, se entrega la cartulina en recepción marcando nuestras consumiciones antes de que el intrépido recepcionista nos haga la pregunta.

En algunos hoteles, hoy en día, se está ofreciendo el minibar de cortesía. Ello no me parece mal. Pero si se hace así debe quedar claro que, el minibar es de cortesía y, aparte de reflejarlo en nuestra reserva, nos lo recordarán en recepción a la hora del check-in. Si el minibar es de cortesía es cicatero que sólo sea el primer día; uno paga la misma tarifa de habitación cada día que se hospeda en un hotel. Y, si el minibar es, de verdad, de cortesía, no se puede dejar dentro sólo un zumo rastrero de melocotón, otro de néctar de naranja, un agua en botella de plástico, una pepsi y dos chuminadas más. No digo que haya que poner güisqui escocés pero dice mucho en detrimento de un hotel, aquel que no mantiene los mismos estándares de servicio y calidad para las amenidades que son de pago y las que van incluidas en la tarifa de reserva. Y, además, el plástico es un material que debe estar prohibido en cualquier hotel que pretenda catalogarse de lujo.

lunes, 11 de abril de 2011

Los modales en la mesa




Mucho se ha escrito sobre este tema. No seré yo quien repita lo que otros ya han dicho. Intentaré innovar, en la medida de mis posibilidades intelectuales.

Encontrándome, no hace más de cuatro meses, en Munich, precisamente en el hotel ya comentado Vier Jahreszeiten Kempinski , degustando un almuerzo en su maravilloso lounge, presencié una atroz escena que me dio pie a escribir lo que vendrá a continuación. Una familia de cuatro miembros estaba situada en la mesa de enfrente. El cabeza de familia, y nunca mejor dicho, se la cubría en todo momento con una extensa gorra de fieltro. Su restante indumentaria eran calcetines blancos, sandalias (en invierno de Munich), pantalón de pana gruesa y una cazadora de borreguillo muy vieja. Bebía su consomé con la barbilla pegada al plato, y llamaba la atención del camarero a estridentes gritos. Su señora comía ostras con cuchillo y tenedor (eso es un arte y lo demás son tonterías). Llevaba tacones de aguja granates y un fular impreciso. No paraba de insistirle a sus hijos que ingirieran más comida. El mayor de ellos, empuñaba el tenedor como si fuera a asesinar a Rasputín. El otro, de unos diez años, aún no conocía el uso de los cubiertos y cualquier alimento se lo llevaba a la boca con las manos.

Esto, siendo un ejemplo flagrante de falta absoluta de modales en la mesa es, por desgracia, corriente en nuestra sociedad. No sólo en los bares de carretera sino en hoteles y restaurantes con clase. Es una de las consecuencias de la extensión tan numerosa de la raza "nuevo rico" de la que ya hemos hablado en varias ocasiones.

No voy a realizar una exégesis sobre la manera de vestir una mesa, tipos de presidencia, comportamientos, etc, a la hora de las comidas. Tan sólo quiero recordar algunos usos que, incluso a los que creemos que dominamos estas situaciones, en ocasiones nos pasan desapercibidos.

1.- En un almuerzo o cena informal, entre amigos, o en cualquiera donde los lugares a ocupar en la mesa no están prefijados de antemano, hemos de huir de la garrulada de "los hombres juntos por un lado y las mujeres por otro". Si bien es cierto que el protocolo estricto manda situarse alternativamente hombre y mujer y así sucesivamente, es aconsejable tener esta regla en la cabeza aunque no la sigamos al pie de la letra. Eso sí, no seamos tan estúpidos y cursis de estar todos de pie detrás de cada silla, media hora tonteando a ver quien va en cada lugar. Se hace con rapidez y ya está.

2.- Los hombres, bajo ningún concepto, se quitan la chaqueta antes de sentarse en la mesa, utilizando el respaldo de la silla como galán de noche. Eso sólo está permitido en las bodas de baja estopa. Ello no quiere decir que no podamos cenar con un polo tranquilamente en una noche calurosa de verano en una terraza con nuestros amigos. Ahí haría el primo el que usara chaqueta. Pero siempre es preferible que sobre a que falte.

3.- Las manos siempre a la vista, nunca encima de los muslos debajo del mantel. Es una ordinariez. Los codos nunca encima de la mesa. Por tanto, combinando ambas prescripciones, ya sabemos la manera de colocar los brazos encima de la mesa. Y, encima de ella no ponemos nada más. El i-phone, las gafas de sol, el tabaco, el mechero, las llaves del coche, la cartera y más elementos de supervivencia masculina, se quedan en los bolsillos aunque molesten.Quien lleve pareja femenina, puede pedirle el favor de que los guarde en su bolso. Ese favor casi nunca suele concederse, y si se hace es a regañadientes. Al menos se puede intentar.

4.- Durante el tiempo que dura nuestra comida, no introducimos nuestro codo en el bazo o en el costado del comensal de al lado. Deben estar lo suficientemente juntos para que el compañero no sufra., sin que parezca que estamos bailando el "baile de los pajaritos". Tampoco emprenderemos una feroz batalla por el microespacio próximo como sucede en aviones o cines. Poco a poco voy ganando terreno con el brazo para estar más cómodo en detrimento del que está a mi derecha o izquierda. Cada comensal respetará su espacio.

5.- Los cubiertos no son remos ni puñales. Siempre que hagamos un parón en nuestra comida los situaremos dentro del plato. Nunca el mango apoyará en la mesa y en el filo del plato como si fuéramos de travesía por un río. Ya me entienden. Tampoco los empuñaremos cual puñal. Siempre cogeremos los cubiertos por la parte superior del mango.

6.- Hay alimentos que debemos ingerir con las manos. Aceitunas, ostras, espárragos, jamón. Y cualquier alimento se lleva del plato a la boca; no la boca se lleva al plato, como mi amigo de Munich.

7.- Hay un utensilio que su uso debería estar penado por ley. El palillo o mondadientes. Jamás lo utilice, ni siquiera para llevarse a la boca alimentos.
8- Perdón por el tuteo. Cada vez que quieras beber durante la comida, deja tus cubiertos dentro del plato, traga lo que tienes en la boca, coge tu servilleta extendida encima de tus muslos, llévatela a la boca limpiándotela suavemente, vuelve a dejar la servilleta, coge tu copa, bebe un sorbo, deja la copa, coge la servilleta, vuelve a pasártela por la boca, deja la servilleta extendida encima de tus muslos, coge tus cubiertos y sigue comiendo. Esto, que en sí parece una estupidez farragosa, es uno de los procedimientos que, en mi opinión, más me dan a entender la clase y elegancia de una persona a la hora de comer. Además, el proceso completo no dura más de 8 o 10 segundos.

Como ven, muchas de las recomendaciones son "de cajón" y las sabemos. Pero a veces, se nos olvidan. Aseguro que cualquier persona que las tenga en cuenta, y guarde modales de cortesía básicos como indumentaria, tono de voz bajo y evitar conversaciones incómodas tiene el éxito asegurado, sin ser una cursi ni una estirada.
Existen muchísimos más temas sobre los modales en la mesa que no pretendo citar salvo que algún lector me pida más información, la cual daré gustosamente. Pero no se trata de una tesis doctoral sino de un simple post que pretende divertir y ayudar. Si lo hubiera tenido escrito, se lo habría pasado a la familia del lounge del Vier Jahreszeiten Kempinski para que les aproveche. Jamás digas esta frase en la mesa.

jueves, 17 de marzo de 2011

El mismo hotel, la misma habitación pero 2 precios diferentes. Te han tomado el pelo. Reflexión a la tarifa de precios de un hotel



En mi opinión, el hotel que cuida, mima y respeta sus tarifas, tiene ya un largo camino recorrido dentro de un exigente criterio de calidad y buen servicio.
Como norma, tengo siempre el criterio de que antes de reservar habitación en un hotel, compruebo qué precio me oferta él directamente y qué precios encuentro para el mismo hotel y tipo de habitación en otras web o portales de Internet. Si bien es cierto -los que me leen lo saben- que yo sólo reservo una habitación de hotel de tres maneras; o bien directamente a través de la web oficial del establecimiento, o bien a través de la central de reservas a la que pertenece, o bien directamente por teléfono hablando con el departamento de reservas del hotel.
Pero ello no obsta a que, por curiosidad, mire qué precios me dan otros agentes; eso sí, siempre cuidando de que es la misma fecha, mismo hotel e intentando que sea la misma habitación; como el anuncio de la tele. En algunas ocasiones, tengo que decir, este procedimiento me ha ayudado a que declinara el deseo de reservar en el hotel previsto.

La tarifa del hotel debe ser clara. Es conveniente que tenga un apartado en la web del establecimiento donde, de un pantallazo pueda hacerme una idea muy aproximada de los precios. Debe estar dividido por temporadas y por tipos de habitación, dejando siempre claro en las aclaraciones finales, cualquier tipo de anotación relevante que la dirección del hotel considere oportuno. Otra cosa son los "packages" u ofertas que pueda tener, aunque también se agradece que estén reflejados en la misma web con su precio correspondiente incluido.

Sucede que, hoy en día, han proliferado en Internet un montón de portales de agentes de viajes que logran encontrar la mejor tarifa disponible para el hotel seleccionado de entre varias páginas web, a su vez también de agentes de viajes. Para muestras, por ejemplo la muy concurrida y ya famosa Trivago. No tengo absolutamente nada en contra de estas webs; es más, me gustan y las defiendo. Lo que echo en cara y no a Trivago sino directamente a los hoteles y a sus cadenas, es que pueda llegar a existir mucha diferencia de precio entre la tarifa que me otorga el mismo establecimiento directamente o su central de reservas, sobre todo en los hoteles de lujo. Aunque matizaré, digo ello porque, aun reconociendo que puedan existir negocios y precios especiales para agencias de viaje por compra de una gran cantidad de habitaciones, lo que se da a entender al final es que la tarifa pública colgada en la web del establecimiento es un pufo y, por tanto, no es verdad.

Sólo los nuevos ricos, las estrellas del fútbol, cine, música y pocos más, no miran antes de reservar una habitación, la tarifa del hotel. El vulgo restante, sí que la miramos. Y mucho. Además, la estancia en un hotel se puede llegar a convertir en una tómbola. A una "estirada" con pinta de Rottenmaier le toca la habitación por un precio; y al gordinflas felizote del mojito barato y el flotador repelente de la piscina, la misma habitación a la mitad de precio. La verdad, no sé para que leche lleva el señor obeso unas aletas para nadar en la piscina del Hotel Central de Barcelona; con dos brazadas hacemos el largo. Mientras el gordito feliz se pimpla una copa, su compañera en blanco y negro rechaza la que le ofrece el camarero. No vaya a ser que se la cobren. Ciertamente, no podemos tachar a Trivago de publicidad engañosa. Lo que sucede, al menos a mí, es que llego a odiar el anuncio del gordinflas del flotador por dos motivos. 
El primero porque -aunque es verdad que el más sagaz se lleva el gato al agua- veo injusto que el rechoncho haya pagado menos. Esto tiene la particularidad que ahora contaré que seguramente su habitación no tenga vistas, esté muy alejada del ascensor, no haya sido recientemente renovada... en fin ya me entienden. 
El segundo motivo, un tanto más clasista -la verdad-, es que si me encuentro a ese señor en la piscina de un hotel, automáticamente cojo a mi acompañante, rehago el equipaje y me marcho fulgurantemente jurando jamás volver a ese hotel. Por tanto, ojo. Y me refiero a los hoteles que no cuidan sus tarifas. Algunos -doy fe- han perdido clientes por este motivo; o lo que es peor han ganado otros de "patacón" que se traen hasta los bocatas hechos de casa y no consumen de extras en el hotel ni un café.

Pero ahora viene, queridos lectores, la gran contrapartida que, sinceramente me repulsa aún más moralmente.
Cuando crees haber encontrado un chollo en una web tipo de las que hablábamos antes, puede ser que se convierta en pesadilla. Me explico. Como decíamos en el párrafo anterior, nadie da duros a cuatro pesetas y es criterio habitual en reparto de habitaciones de algunos hoteles,  asignar las "peores" habitaciones a los clientes que han reservado con una tarifa más baja que la establecida por el hotel. Es decir, los que lo han hecho por medio de portales de agentes de viaje de Internet. Puedo llegar a comprenderlo aunque debería estar detallado en la descripción de la reserva. Lo que me repugna, es que en algunas ocasiones no se es exquisito en el trato con los mismos. Ello es una gran injusticia. Si algún lector le ha sucedido algo así o trabaja en el sector hotelero, agradecería me corroborara o contradijese tal afirmación. La solución no viene por medio de Trivago o semejantes, debe venir de las direcciones de los hoteles correspondientes, cuya misión principal, aparte de cuidar las tarifas de su hotel, es velar por el servicio y trato exquisito a todos -y digo todos- sus clientes. Sí, incluido el impresentable del anuncio de trivago, eso sí, el responsable de mantenimiento de la zona de piscina, le debe obligar inmediatamente a desinflar ese flotador, no me refiero a su michelín sino a esa especie de balsa que sufre manteniéndole a flote, compelerle a que se desprenda ipso facto de esa especie de gorro que quema a la vista y que las aletas de buzo... iba a decir una grosería, las deposite en el armario de su habitación.

Con todo, no quiero extenderme mucho más, quiero que esta reflexión pueda servir para pensarnos un poco la manera de reservar una habitación de hotel. Como ven, la realidad es la que es y en algunas ocasiones puede convenir pagar un poco más y quedarse más tranquilos; y no con resignación como la Rottenmaier del Trivago.

NOTA: El caballero del anuncio de Trivago tiene el perfil de obsceno que ya relaté en un post anterior. Para leer y completar información, pinchar aquí.

martes, 15 de febrero de 2011

"El hotel sólo lo uso para dormir"; síndrome del turista culoinquieto

Es, probablemente, la frase que más veces he oído a conocidos, parientes y amigos a la hora de hablar de hoteles.  Al final, siempre acaba la conversación con un "El hotel sólo lo uso para dormir".
Pues no, rotundamente no. Salvo que se sea un insaciable mochilero universitario o un corral de solteras empedernidas despidiendo de la misma a una amiga, o -como dicen los cursis- un "single" viajando por el sudeste de la India, el hotel se usa para algunas cosas más que dormir. Se usa para descansar, para relajarse, para tener detalles con tu pareja, para refugiarse de la lluvia o la nieve o el calor intenso en caso de que nos visite durante nuestro viaje, para divertirse, para recrearse, para alimentarse, para asearse.

Lo siento pero detesto viajar con esas personas que abandonan el hotel a las ocho de la mañana y no regresan al mismo hasta bien entrada la noche. Es como si tuvieran un petardo en el trasero que les impidiera parar en todo el día. En definitiva -es mi opinión- no deja de ser un ansia ambiciosa por conocer, ver y recorrer cualquier ambiente del destino que visitamos. Si al final del mismo no han conseguido ver las ciento cincuenta mil cosas que llevaban apuntadas, no se quedan satisfechos. Es el síndrome del turista culoinquieto. Llegan de madrugada al hotel como si vinieran de la guerra, gastan cantidades ingentes de Trombocid para desinflamar sus maltrechas piernas y las escoceduras en pies y entrepiernas son parecidas a las de un caminante a Santiago de Compostela subiendo un duro puerto. Y sólo han estado de visita por París. Además, la mayoría, desaprovecha el tiempo puesto que -salvo que se sea un superhombre- no hay humano que lleve este ritmo más de tres días seguidos. Y si lo hay, tiene el síndrome mencionado anteriormente.

En mi caso -y perdón por hablar de mí-,  los viajes, los tomo de otra manera -ni mejor ni peor- mucho más relajada. Suelo levantarme a las ocho de la mañana (no a las cinco para ser de los primeros en la cola para visitar la Torre Eiffel), intento desayunar con calma y reposo antes de emprender cualquier visita. Son mis vacaciones; no suelo viajar por trabajo; para las prisas y el estrés ya tengo mis días laborables.
Pues bien, una vez fijada la ruta, no soporto -salvo en algunas ocasiones puntuales- andar sin rumbo, mi acompañante y yo emprendemos viaje a paso firme y rápido. Intento evitar -en la medida de lo posible- una de las grandes miserias del ser humano, las colas. A media mañana, paramos para un café en algún lugar que merezca la pena de la ciudad y, no más tarde de la una almorzamos, casi siempre en un restaurante elegido con anterioridad y reservado a través del Concierge del hotel. A las tres ya solemos estar de vuelta en el hotel para reposar y tomar fuerzas para la tarde. Después de una reparadora siesta, si el hotel dispone de ella, nos relajamos en su piscina. No más de las seis de la tarde -no soy bebedor de té- volvemos a emprender rumbo de visitas. Eso sí, a las ocho ya estamos cenando en el restaurante elegido de la misma forma que el almuerzo. Una vez de vuelta en el hotel, tomamos una copa en su bar disfrutando de una amena tertulia y, a ser posible, de un piano. Por último, nos retiramos a dormir a nuestra alcoba. Lógicamente el plan está sujeto a cambios según sea la estación del año, el lugar o el tipo de hotel o resort. O lo que -con perdón- me de la gana.

Pido excusas por contar ciertas intimidades pero "El hotel sólo se usa para dormir" es una frase que, con lo anterior, acabo de derrumbar. Anímese, amigo lector, si posee usted la patología del culoinquieto, a tomarse sus viajes de placer con más serenidad, ya verá como, a su vuelta, se notará verdaderamente descansado. Y que nadie se sienta ofendido, por favor.

miércoles, 26 de enero de 2011

Las llaves inteligentes. Primera parte



Atrás han quedado los clásicos llaveros de hierro pesadísimos que portaban una llave chiquitita de acceso a nuestra habitación. Las llave electrónica, esa tarjeta extraplana de plástico -antes con agujeritos, ahora con chip- han usurpado su puesto. Y lo que pretendo estudiar a continuación es si nos han hecho, o no, más agradable nuestra estancia en un hotel.

Al realizar nuestro "check-in" ya las introducen en una pestañita del "bienvenida". Y hablo en plural porque suelen ser dos en el caso de que viajemos en pareja. No veo mal la práctica porque es necesario que cada huésped tenga su llave aunque compartan alcoba. Pero aquí empieza mi primera propuesta. ¿Por qué 2 y no 3? Me explico. En la mayoría de habitaciones que utilizan sistema de apertura por llave electrónica, una vez dentro, existe una pequeña ranura donde se debe introducir la llave para conectar con el sistema de corriente eléctrica de la habitación. Es común en este tipo de hoteles que el aire acondicionado esté conectado a ese conmutador principal. Sucede que yo, que soy muy pero que muy caluroso, cuando abandono temporalmente la habitación con mi acompañante, tengo que quitar la llave de esa ranura pues quien va conmigo usa la otra. Desconecto, por tanto, la entrada de corriente a la habitación y cuando vuelvo a entrar al cuarto me acuerdo del señor de recepción, de su tía abuela, de Sandokan y de su sobrino. Es necesario volver a introducir la puñetera tarjeta en la ranura y esperar media hora o más (según las frigorías del aparato y la latitud del hotel) absolutamente desquiciado y medio desnudo -les aseguro que es muy embarazoso- con un ataque de calor sofocante, a que se estabilice, de nuevo, la temperatura de la habitación. Y ello sucede en cada momento que te ausentas de la misma. Solución.

La mejor solución, que ya he visto en algunos hoteles, es erradicar la miserable ranurita incordiante del conmutador principal,  no teniendo que hacer nada, como sucede en mi casa, en la de mi padre y en la de cualquiera de ustedes. Una llave para cada uno y absoluta libertad de movimiento (aunque de ello hablaremos) y plena comodidad para todos.
Otra solución -parcial, eso sí-, es entregar tres llaves en vez de dos para poder dejar una fija en la maldita ranurita y siempre poder tener el aire acondicionado conectado si se desea. Para los que me tachen de antiecológico, dos cosas. Una "no juzgad y no seréis juzgados"; otra, me es indiferente. Soy de los que reciclan basura pero me puede el calor y necesito frío para poder pensar. Y sobre todo, me importa un bledo cómo se me juzgue.

Continuando con nuestro estudio, existe otro momento antipático con las llaves inteligentes. El mundo, cada vez más, está plagado de llaves electrónicas. Aparte de la de tu cuarto, si utilizas el Spa del hotel, en su recepción te dan otra llave para abrir y cerrar la taquilla. De este tipo he visto varias. La más avanzada es una, de tamaño igual a las que hablábamos, que abre y cierra la taquilla siempre y cuando presiones con ella el botón de la misma. Hasta aquí todo muy bien. Me cambio de indumentaria, me pongo el albornoz y ahora viene el problema ¿Dónde meto la llave? Los groseros seguro me dirían varios orificios que no voy a repetir. Aunque la llave esté personalizada, no la voy a dejar en el vestuario a la vista de todos, tampoco la voy a esconder como si fuera un palurdo. Si la saco a la zona de aguas, no me voy a introducir en el agua con ella ni a meterla en el hamman. Además -como me sucedió- el albornoz del Spa no tenía bolsillos. Al final, tuve que ir con la llave en mano como un imbécil por todas las estancias.
Siempre, pero siempre siempre, hay que estar en los pequeños detalles.

Pero lo más importante, en referencia a las llaves inteligentes, viene ahora. Prefiero contarlo como si de una historia se tratara, esta sí que es absolutamente verídica, pero lo dejamos para el siguiente post, amigo lector, pues no quiero aburrirle y sí crearle algo de ansia.

martes, 21 de diciembre de 2010

El nuevo rico. Manual del turista educado. 6ª entrega y última



Muy importante es esta última sección de nuestro manual, donde podemos enumerar los rasgos más definitorios de esta nueva raza en nuestro planeta. El nuevo rico.
Antes de seguir, quiero explicar que no hace falta ser asquerosamente rico para pertenecer a esta saga sino comportarse dentro de las maneras que les son propias.

- El nuevo rico es aquella persona que nunca pregunta ni se preocupa por las tarifas del hotel a la hora de hacer su reserva. Él sabe que tiene dinero para pagar cualquiera y, por tanto, le resbala el que pueda acogerse a algún "packages" u oferta del hotel para las fechas en las que hace efectiva la reserva.

- El nuevo rico es aquel que mira por encima del hombro al personal del hotel porque sabe que con la propina que va a soltar al final, todos quedarán contentos aunque no les mire a los ojos.

- El nuevo rico no facilita jamás las cosas al personal del hotel. No cambia el tarjetón que pende del pomo de la puerta para que entren o dejen de entrar a realizar el servicio, habla en alto por los pasillos del hotel a horas intempestivas mientras se dirige a su suite, tira las toallas al suelo del baño sin utilizarlas, sólo por el placer miserable de que se las repongan; consume a todas horas sin tener necesidad de hacerlo, suele montar broncas en las recepciones de los hoteles por cualquier tontería. Y si viaja con niños, no le preocupa que se comporten como trogloditas.

- El nuevo rico no suele cumplir con las recomendaciones de vestimenta que imparte el hotel. Él tiene dinero y, por tanto, es lo único que le da seguridad para actuar como le da la gana en cada momento.

- Aunque es muy sencillo descubrir a uno, existe una regla que no falla. Fíjense en sus modales en la mesa. Son de chimpancé. Empuñan los cubiertos, agachan la cabeza hasta el plato, comen con gorras o sombreros, se llevan la comida a la boca con el cuchillo; piden, piden, piden y dejan, dejan, dejan.

- Existen ciertos hoteles que les atraen más que otros. Por ejemplo, si viajan a Milán se alojarán antes en el Bulgari que en el Baglioni o en el Gran Hotel; si viajan a Londres se alojarán antes en el Sanderson que en el Ritz; si viajan a Amsterdam, irán antes al Dylan que al Intercontinental. No sé porqué pero es así.

- Cuidado con los rusos que atiborran los hoteles de nuestro país. No tengo nada contra ellos, es más, aportan riqueza a nuestra economía y al sector turístico. Pero la gran mayoría son nuevos ricos.

- Como ven, la diferencia entre un nuevo rico y un maleducado es mínima. Sólo el dinero. De hecho, si han leído mis otros capítulos del "Manual del Turista Educado", suele pasar que el nuevo rico, se lo monta con su pareja en cualquier zona común del hotel, si es mujer le encanta pasear sus "domingas" al aire, suele ser un mirón de piscinas empedernido, come en las terrazas del hotel desprovisto de camiseta , o lo que es peor, provisto de camiseta de tirantes, no guarda ningún tipo de pudor en los vestuarios del Spa y, casi siempre, lleva bañador "tipo nadador". Lo tiene todo el "jodío".

Pido perdón a mis lectores por no haber seguido el régimen de entradas que me es asiduo. He estado de viaje y le he dedicado menos tiempo. A partir del 10 de enero reanudaremos nuestra marcha, Dios mediante.
Aprovecho para felicitaros a todos la Navidad y desearos un feliz año 2011.

jueves, 25 de noviembre de 2010

El quejica. Manual del turista educado. 5ª entrega

El turista quejica, suele tener una edad avanzada (más o menos a partir de 55 años), viaja siempre en compañía de una señora, generalmente obesa y con rizos en el cabello fijados con laca barata. Él, casi siempre es calvo, con barba descuidada, no muy alto, con incipiente panza cervecera y -siempre- usa gafas de sol. Lectores, si alguno de ustedes coincide en un hotel con un huésped de estas características sepan, casi con toda seguridad, que se han topado con un quejica.

Este tipo de persona se caracteriza, ante todo, por estar continuamente protestando por cualquier incidencia que ocurre en un hotel, por indiferente que parezca. Siempre que pasa por delante del mostrador de recepción, como si un gran imán le atrajera, no puede evitar acercarse a quejarse por alguna circunstancia acaecida. Que si el agua de la ducha sale muy fría o muy caliente, que si los vecinos de la habitación de al lado han estado toda la noche "tracatraca-tracatraca", que si un niño no paraba de llorar, que el zumo de naranja del desayuno no era natural, que el agua de la piscina está muy fría, que en el tratamiento de masaje del Spa le han dejado mal la espalda, que la mesa donde suelen desayunar estaba ocupada por un congreso de "hindúes", que han tenido que esperar al taxi más de dos minutos, que el aire acondicionado de recepción está muy alto, que el colchón es incómodo y además no es de látex, que el restaurante tiene poca luz, y así hasta el infinito de absurdas quejas infundadas, basadas tan sólo en manías descerebradas de gruñón talludito.

Al menos, podemos afirmar que, al margen del personal del hotel, el resto de los huéspedes no tenemos que sufrir semejante personalidad. No, craso error. El quejica tiene por norma elevar sus quejas al primero que se le ponga por delante. Por tanto, intente esquivarle en la hamaca de la piscina o en el "brunch" o en la cena o en donde sea. Apártese inmediatamente de él y no le de pie a que comience con su retahíla de "nauseas existenciales". Evítele. Es un autentico cenizo. Y como dice Carlos Andreu en su libro "Del ataud a la cometa" (muy aconsejable), si quiere ser feliz, evite a toda costa al cenizo.
Otras veces, sucede que sí, que  le molesta directamente pues usted está esperando detrás, en el mostrador de recepción, mientras él a voz en grito, protesta porque su botella de champán no estaba lo suficientemente fría. En ese caso no puede hacer otra cosa que esperar pacientemente pero no le mire a la cara, no vaya a ser que crea que le interesa su "vómito social" y cuando acabe con el de recepción la emprenda con usted.

Por último si usted, lector, es el quejica del que hablo, aparte de mostrarle mi respeto, no pretendo desanimarle pero esta enfermedad es casi incurable y absolutamente crónica. No cabe pues otra cosa que aceptarlo, consultar el libro de Carlos Andreu por si queda alguna posibilidad y, por el bien de todos, viajar lo menos posible, hasta -con ayuda y esfuerzo- paliar la enfermedad. Con lo bien que se está en casa, caballero.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Viajar con niños. Manual del turista educado. 4ª entrega



Capítulos anteriores:



Viajar con niños es un arte, exactamente igual que la pintura, la escultura o la escritura. Por tanto, no todo el mundo tiene vocación a ello. Yo, por ejemplo, no he nacido con tan ansiado don y sólo me ha quedado la posibilidad de ir ejercitándome en tan ardua virtud hasta conseguir cierto grado de experiencia; escaso pero valioso.

Parto de una idea para viajar con niños. No creo conveniente que se familiaricen en exceso con el "glamour" y el lujo desde edades muy tempranas puesto que -es mi opinión- puede influirles negativamente en su educación y aprendizaje. Para todo hay tiempo en esta vida.
No obstante, esta idea que expongo, va acompañada de otro axioma igual de importante. Los hoteles de "camionadas" o los tugurios de mochileros son perjudiciales para su salud (también para la de sus padres). Por ello, es muy conveniente estudiar antes de elegir el hotel en el que pasaremos unos días en familia.

Como creo que la mejor manera de exponer ideas es ejemplificando, ahí van algunos.

- Sólo un nuevo rico, un jugador de fútbol o una cursi acomplejada como las del programa ese de "Mujeres Ricas" lleva a sus hijos pequeños a pasar unas vacaciones a hoteles de gran lujo como el Ritz Paris o Londres, George V, Plaza Athenee, Villa Feltrinelli, Caruso... y los que son como estos. Tan solo lo comprendería en el caso de que el niño fuera menos movido que el muñeco de nenuco. De no ser así, sucede en el 99% de los casos, hay que estar tan encima del niño para que no rompa el jarrón dinastía Ming de la sala "lounge", que no permite que los padres descansen ni un segundo. Y afirmo lo dicho por mucho "Kids Club" que posean estos hoteles.

- Hay que buscar hoteles con espacios diáfanos donde los niños puedan esparcirse. Un niño, aunque no sepa andar, es capaz de correr más rápido que yo. Si tiene espacio estará distraído y no hará que nos "saqueen" la tarjeta de crédito a la salida por los objetos que ha roto.
 
- Es conveniente si nuestros hijos son excesivamente "inquietos", pedir antes de nuestra llegada que retiren objetos de decoración de valor que puedan existir en la habitación.

- A ser posible, es conveniente elegir hoteles en climas cálidos, tipo Resort con actividades diarias para ellos, piscinas y juegos.

- Aunque sólo viajamos con un bebé, salvo que duerma como los ángeles, mejor pedir una habitación más amplia, con dos estancias, para separarlo de la cama del dormitorio principal. Si el nivel adquisitivo lo permite, mejor dos habitaciones contiguas. La mayoría de hoteles poseen tarifas especiales para familias con niños, dejando la segunda habitación a mitad de precio.

- Los niños gritan, sí, son una raza especial y maravillosa pero con ese gran fallo. Ante ello tenemos la opción grosera de protestar y llamarles la atención; o la opción educada que es comprenderles y, si el nivel de decibelios consigue que lleguen a sangrar los oídos, tomar medidas como comentarlo en recepción pero con muy buenas maneras. Pegar o insultar al padre no tiene ningún sentido.

- Los niños salpican mucho en las piscinas, es otra característica consustancial a su ser. Para ello, hay que recordar a los padres que existen piscinas para niños. Si ya son un poco más talluditos, es responsabilidad de los progenitores el que sepan comportarse como se debe. Si son los padres los que salpican, el asunto se agrava y no tiene fácil solución.

- Pecaría de injusto si no diera nombres de hoteles para viajar con niños. Conozco varios.
* Gran Hotel Bahía del Duque Resort, Costa Adeje, Tenerife. España
* Fairplay Golf Hotel and Spa, Benalup, Cádiz. España
* Villa Padierna. Marbella. Málaga. España. Un buen hotel incluso antes de que lo visitara la familia Obama.
* Asia Gardens Hotel and Thai Spa. Benidorm. Alicante. No es mi preferido pero no está mal para viajar en familia.
* La Manga Club, Príncipe Felipe. Cartagena, Murcia. España. Muy recomendable para pasar unos días en familia.
* Reid´s Palace, Funchal, Madeira. Portugal

Como se puede observar, hablo de hoteles de lujo pero perfectamente adaptados para que los más pequeños puedan distraerse y hacer deporte, compartiendo su estancia con otros niños. A su vez, los padres pueden acabarla algo más descansados de como la empezaron.

jueves, 28 de octubre de 2010

Cómo conseguir ser VIP en un hotel de lujo siendo español



Ya he comentado en otras ocasiones que el español, por naturaleza, tiene la desgracia de ser no muy bien mirado en el resto de Europa. Si esta premisa la elevamos al terreno de la hostelería de lujo, crece en su justa proporción. Al español lo miran con recelo, como si no supieran por donde va a tirar. Ello requiere, como buen español, una serie de argucias y tácticas para conseguir no solamente que no pase, sino que suceda lo contrario, es decir, paso a relatar una serie de tácticas cuyo objetivo es lograr que nos traten en estos hoteles con absoluta exquisitez.

Va por delante que esto no debería suceder siguiendo un uso correcto de las buenas maneras y la buena educación. Pero tenemos los pies en la tierra y, por desgracia, de hecho, sucede. El trato y servicio a los españoles en hoteles de lujo europeos -a nivel general- debe mejorar. Por tanto, a diferencia de otras entradas de mi blog donde hablo de buenos usos y costumbres relacionados con la hostelería, lo que viene a continuación no podemos englobarlo dentro de ellas sino en las artimañas pícaras pero legítimas del que desea recibir el mismo trato que los demás.

1. El idioma inglés. Es lo principal. Si el primer contacto del huésped en recepción de un hotel de cualquier país de Europa -que no sea España, obviamente- no se realiza en este idioma (o en el oriundo del hotel), tenemos un problema. Agravante. No muchos españoles hablan inglés. Vamos a intentar si no solucionarlo, mitigarlo.
Si usted viaja solo (qué triste -si no es por trabajo-), sólo le cabe una solución. Aprenda inglés fluido.
Si tiene suerte de viajar acompañado, por ejemplo, por su mujer, que ella aprenda inglés. Esta segunda opción (bromas y machismos aparte), suele ser la más aconsejada en el caso de que no sepamos inglés. Si habla el idoma deje que su acompañante realice el trámite de recepción y usted siga atento la conversación como si entendiera absolutamente todo lo que se habla. Asienta de vez en cuando con la cabeza para reforzar su mensaje. Si le hacen directamente una pregunta a usted, dígale previamente a su acompañante que le interrumpa para que pueda contestar él o ella. Usted quedará como un calzonazos y seguramente, el personal del hotel se dará cuenta de su analfabetismo pero qué le vamos a hacer. Por último, aprenda frases hechas como "tengo una reserva" o "¿Podrían subir a recoger las maletas para la salida?" o "¿Podrían reservarme una mesa en este restaurante?". Eso sí, dígalas siempre en presencia de su acompañante. Una "contrapregunta" en este caso puede ser fatídica.

2. Las Tres Tarjetas. Es una táctica muy efectiva para realizar con eficacia el "check-in". Superado el inconveniente del idioma, lo primero que una persona debe hacer al acercarse a recepción de cualquier hotel para hacer la entrada es tener a mano tres tarjetas. A saber. El documento nacional de identidad, la tarjeta de crédito para la garantía y la tarjeta de membresía de la cadena o central de reservas del hotel. Y hay que darlas antes de que nos las pidan. Si vamos acompañados, también entregaremos una más, el documento nacional de identidad de nuestro acompañante. Háganme caso, el momento del "check-in" es el más importante. Si nos ven sueltos tendremos más posibilidades de un "upgrade".

3. La Propina. No soy partidario de estar impartiendo propinas durante todo el tiempo que dure mi estancia en el hotel. Lo aconsejable es dar una al principio al botones o mayordomo y otra al final. Si estamos muy agradecidos por la gestión que nos han ofrecido los miembros del "concierge", antes de nuestra partida, podemos gratificarles con una. Aunque está en completo desuso, si su habitación se la encuentra absolutamente resplandeciente, no está mal dar propina a la camarera de la habitación.  Por favor, no sea nuevo rico y no vaya dando propinas a diestro y siniestro como si le sobrara el dinero.

4. El "Concierge". Aparte de entregarle, si lo ve conveniente, la propina al final, no lo utilice como si fuera su mayordomo personal. Al principio, entréguele un papel con los restaurantes y días y horas de reserva que desea. Es un detalle de mucha clase.

5. La Indumentaria. Sea respetuoso con los usos y formalidades respecto a la indumentaria que aconseja el hotel. Si hay que cenar con corbata, póngasela aunque haga calor. Si no quiere, ¿Por qué ha elegido ese hotel?
6. La Naturalidad. No circule por las zonas comunes del hotel con cara de asustado. Me explico. Nunca piense que usted no tiene suficiente "clase" como para estar en dicho hotel, no tenga temor reverencial al resto de los huéspedes o al "staff" del hotel pensando que usted no pertenece a ese nicho de personas. Usted no es menos ni más que nadie. Compórtese con educación, sonriendo y que le resbale lo que piensen los demás. Aunque crea que digo tontería, eso se nota a la legua y puede usted pasar por palurdo sin serlo.

7. Use los diferentes espacios del hotel. Vamos a ver, si usted se aloja en el Four Seasons Firenze, por ejemplo, y no desayuna en el hotel, no consume nada del bar, no come en ningún restaurante del hotel, no se da ningún tratamiento en el Spa... ¿Para qué va a un hotel como ese? Sin llegar a ser un fusilador de visas, disfrute de su tiempo en las diferentes estancias del hotel.

8.- En cualquier hotel de Europa trabaja, al menos, un español. Esto está empíricamente demostrado. Por tanto, con soltura y cortesía, intente enterarse y logre hablar con él. Ello, lógicamente, en el caso de que usted no domine el idioma inglés. Conseguirá seguramente un mejor trato por todo el personal del hotel.


Espero que estos consejos o argucias les sirvan, aunque no sea español, para que su estancia en un hotel de lujo le sea más agradable y reciba un mejor trato por el personal del hotel. Le agradecería que si las pone en práctica y consigue lo que quiere, me lo haga saber en un comentario para comprobar que no son sólo tonterías lo que escribe este humilde servidor.